|
"No dudo que en los siglos de luces y de igualdad como los nuestros, los soberanos llegarían más fácilmente a reunir todos los poderes públicos en sus manos y a penetrar en el círculo de intereses privados más profundamente de lo que nunca pudo hacerlo nadie en la Antigüedad".
"Quiero Imaginar bajo qué rasgos nuevos el despotismo podría darse a conocer en el mundo; veo una multitud innumerable de hombres iguales y semejantes, que giran sin cesar sobre sí mismos [...]. Retirado cada uno aparte, vive como extraño al destino de todos los demás, y sus hijos y sus amigos particulares forman para él toda la especie humana: se halla al lado de sus conciudadanos, pero no los ve; los toca y no los siente; no existe sino en sí mismo y para él sólo, y si bien le queda una familia, puede decirse que no tiene patria".
Nos hemos servido de este extracto del clásico de Alexis De Tocqueville a fin de introducirnos en la reflexión acerca de la redefinición del espacio de lo público y de la vida privada --y de la nueva forma de articulación entre ambas esferas--, a partir de la entrada en escena de la Internet en la cotideaneidad de importantes segmentos de la población a nivel mundial. A este respecto, la importancia de la población de Internet no radicaría, como habitualmente se cree, en su carácter cuantitativo --cantidad de conectados a La Red--, sino en un plano cualitativo --posición social, status, poder económico, capacidad de decisión, etc--. La mirada no debe dirigirse hacia cuántos sino hacia quiénes son los que navegan por el ciberespacio.
Al referirnos a los ámbitos de lo público y de lo privado, no podemos dejar de pensar en otros tres conceptos a los que aquellos han venido indefectiblemente ligados: los Estados Nacionales, los individuos y, por ende, la Modernidad.
Pero ¿qué sentido tiene remontarnos a una etapa temprana de la Modernidad y comenzar este trabajo con un pensador netamente moderno como lo es Alexis de Tocqueville, si Internet se constituye como una tecnología que claramente pertenece a la Posmodernidad? ¿No estaríamos forzando conceptos y categorías que aparecerían como arcaicas al efecto de analizar dicha tecnología? ¿No sería más sensato, acaso, repensar lo que sucede en la Posmodernidad desde ella misma? Esto es, ¿no estaremos incurriendo en el mismo tipo de ejercicio --tantas veces criticado-- consistente en pensar a la Modernidad desde conceptos teológicos medievales?
La Posmodernidad no es una etapa histórica claramente definida --como lo serían los casos de la Antigüedad, la Edad Media, o la Modernidad--. Se refiere, más bien, a un tipo de lógica de pensamiento y mirada acerca de nosotros mismos y del mundo, que difiere de aquella que predominó hasta principios del siglo XX.
Adjetivar al ejercicio de pensar la Modernidad con categorías teológicas medievales como un "error" es una idea claramente moderna, que remite a la concepción de una historia en tanto línea recta basada en sucesivas etapas progresivas, donde cada una eliminaría y superaría definitivamente a la anterior volviéndola arcaica, y donde sería únicamente lícito mirar las distintas etapas "pasadas" desde la "última" de estas en sentido cronológico. Y, precisamente, esta observación --o descripción crítica-- de la lógica de reflexión histórica de los siglos modernos que acabamos de realizar es característica de un pensamiento posmoderno(2), ya que pone en cuestión la noción moderna acerca de la historia, de la reflexión histórica, de los fundamentos y, en última instancia, de cualquier tipo de teleología.
Por más que señalemos que ya no estamos parados en la Modernidad clásicamente entendida, lo que en la actualidad estamos presenciando es la reformulación constante del escenario que de aquella hemos heredado. Esto es, la Posmodernidad implica un cambio fundamental en los ámbitos que constituyeron los siglos precedentes. Y es precisamente ese cambio el que estamos observando cotidianamente a nuestro alrededor. Cuando hoy en día se habla acerca del creciente individualismo y de la desarticulación de los espacios públicos, ambos conceptos forman parte del legado de la Modernidad, y acerca de ellos vemos ya en el texto de Alexis de Tocqueville una creciente preocupación. Sin embargo, aquel autor clásico estaba asistiendo a la conformación de unas esferas pública y privada que hoy ya casi no existen: el concepto de individuo del que hablaba Tocqueville o del que Marx hacía referencia en La Cuestión Judía no es idéntico al que en el presente podemos observar.
Lo que en nuestro trabajo se elabora es, justamente, el significativo papel que tiene Internet en la redefinición de un escenario que nos viene legado de la Modernidad -- específicamente, las esferas pública y privada--. Internet se constituye como una tecnología tardía de la Posmodernidad, pero que, por sus propias características, permite acelerar los procesos de reformulación de aquellas esferas a las que en nuestro trabajo prestamos fundamental atención.
Si bien a lo largo de los últimos años el número de conexiones a Internet se ha venido incrementando vertiginosamente hasta llegar en el presente a alrededor de 30 millones de usuarios(3), a la hora del análisis es preciso que tengamos en cuenta dos elementos significativos: en primer lugar, no dejarnos abrumar por las cifras de crecimiento de este fenómeno. En segundo término, es necesario que trascendamos la mera dimensión cuantitativa, interrogándonos acerca de las características, tanto de quienes componen ambas márgenes de aquella línea divisoria que implica la conexión a Internet --los usuarios y los que no lo son--, como de los procesos socio-culturales en todas sus dimensiones, que este fenómeno conlleva, visto que al ser constitutivos y constituyentes de un orden social, al transformarse aquellos -- sujetos y procesos--, tambien este último --el orden social-- se redefine con consecuencias para los miembros y relaciones sociales que conforman una comunidad dada.
En otros términos, lo que aquí se propone es tratar de superar la primera fascinación que este nuevo mundo informático abre, rastreando más profundamente las múltiples implicancias que trae aparejado para los distintos segmentos de la población mundial. Pero ya no posicionándonos desde la ingenua perspectiva de quienes, por un lado, creen ser investigadores neutrales y objetivos(4) y, por otro, de aquellos --quienes, a menudo, suelen coincidir con los anteriores-- que toman como objeto de estudio a una especie humana caracterizada por una supuesta cultura universal basada en la igualdad de oportunidades, la democracia y la libre participación en el mercado --ya sea como productores o como consumidores(5).
Si queremos embarcarnos en una Odisea cuantitativa, podemos adoptar el camino de la fascinación a partir de la fabulosa cifra de 30 millones de usuarios conectados a Internet. Pensemos por un momento en el tipo de relaciones que se pueden entablar en el vasto ciberespacio y al interior de dicha población: relaciones comerciales, de amistad, académicas, políticas, amorosas, y de cualquier otro tipo; todas con características que las distinguen de la interacción cara a cara. A su vez, aceptemos por un instante la maravillosa idea que se nos propone acerca de la desaparición de tiempo y espacio --presentada en tanta bibliografía de divulgación científica-- sin pensar acerca de las consecuencias políticas que ello implica, y corriendo además el riesgo de creer que existiría algo así como "la sociedad mundial" compuesta por 5.800 millones de habitantes.
Numerosos trabajos --que están a la orden del día-- nos invitan a realizar viajes, ya no tan futurísticos, a través del fascinante mundo de la nueva tecnología Internet, así como sus distintas potencialidades en todos los ámbitos de la vida, y la capacidad que tiene ésta de transformarse en vehículo para el mejoramiento del standard de vida de la población. Quien tenga acceso a televisión por cable podrá encontrar horas de programación dedicadas a la multimedia y a los heterogéneos trabajos con La Red así como una visión inundada de optimismo con respecto al futuro.
En este punto creemos interesante hacer un señalamiento. Si bien los usuarios de Internet se manejan en tiempos y espacios virtuales y relativos, característicos de la Posmodernidad --es decir, desde una perspectiva distinta a la moderna--, la ideología a partir y a través de la que se elabora la auto conciencia de aquellos, así como de su relación con esta particular tecnología, parece estar impregnada del cientificismo y optimismo que caracterizó a cierto período de la Modernidad. Esto es, la ampliación del uso de Internet parece reflotar cierto optimismo e idea de "ir siempre hacia adelante", así como la noción de una ciencia omnipotente capaz de resolver todos los conflictos de la humanidad, ideas a las que el siglo XX había adormecido y socavado con sus distintos sucesos --los cuales volvieron escéptico a más de un pensador--. Esto es una cuestión de orden meramente ideológico que, a lo largo del trabajo iremos desenmascarando y desarticulando. Parece no haber perdido vigencia el señalamiento que Marx hacía cuando postulaba que [...] del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de conmoción por su conciencia"(6). Este "desenmascaramiento" y reflexión que proponemos en nuestro trabajo son, justamente, los aportes que podemos realizar desde las Ciencias Sociales a efecto de que los cibernautas --actuales y potenciales-- no sean enceguecidos por una ilusión que pueda encubrir otros tipos de relaciones sociales.
Si de publicaciones se trata, un libro que ha sido transformado en el modelo paradigmático de este tipo de enfoques fascinadores es el ya clásico Ser Digital ("Being Digital")(7) de Nicholas Negroponte, director del departamento de medios del M.I.T. En dicho trabajo, el autor sumerge a los lectores en un océano de datos asombrosos acerca de lo que él conceptualiza como la "era digital", pero partiendo de una serie de supuestos que, en un nivel epistemológico --y a nuestro juicio--, son completamente erróneos. Negroponte termina --al igual que la mayoría de los trabajos en boga-- siendo uno más de quienes montan un esquema descriptivo- cuantitativo basándose en un concepto de hombre abstracto y ahistórico, con la misma lógica con la que las escuelas Neoclásicas de Economía y sus sucesores presentan a su Consumidor.
Para estos no parecería haber diferencias culturales, políticas o económicas. Habría un hombre que, a partir de una racionalidad instrumental, formularía estrategias y las pondría en acción a través de lo que ciertas corrientes, un tanto reduccionistas, llaman "procesos de decisión" --la Ciencia de la Administración de Empresas presenta varios ejemplos al respecto--. Un hombre ahistórico que parecería haber vivido siempre como consumidor en un mercado que por milenios habría sido capitalista. Todos se encontrarían enmarcados en una cultura occidental y, dentro de ésta, parecerían compartir los valores y formas de vida de una clase media de los Estados Unidos que cada vez es más minoritaria --desde que a principios de la década de los 80 asumió el gobierno conservador de R. Reagan y que, a pesar de los años de gestión Demócrata, no ha vuelto a las condiciones anteriores.
A estos autores les fascina presentar el fenómeno de Internet en forma de números, y realmente debemos aceptar con ellos que la proporción en que ha aumentado la conexión en los últimos años es gigantesca. Por cierto, 30 millones de conectados a La Red resulta una cifra asombrosa, así como el hecho de que, por ejemplo, en el tercer trimestre de 1994 en la Argentina las centrales (servidores) hayan aumentado en el orden del 200%(8). Sin embargo, al momento de dimensionar esta cifra en forma relativa y de calcular la proporción que implica dentro de los 5.800 millones de habitantes del planeta, la fascinación se va transformando en interrogante(9). El cálculo --siguiendo con la misma metodología cuantitativa que dichas corrientes predominantes gustan de utilizar-- nos da que lo que a primera vista y en números absolutos parecería ser un cuantioso incremento de conexiones a Internet, apenas llega a representar el 0,52 % de la población mundial.
Se nos puede objetar aquí --aunque lo calificaríamos como un acto de ironía-- que el cálculo no debe ser nunca hecho sobre la totalidad de la población mundial, ya que de esa forma estaríamos incluyendo a menores y mayores de determinada edad, que lógicamente no son hábiles para trabajar con Internet, así como a otras personas que, por ser poseedoras de ciertas condiciones físicas o psíquicas, tampoco pueden tener acceso a aquella.
Aceptemos por un instante esta crítica y hagamos otro cálculo. Seamos concesivos y ampliemos el número suponiendo que la conexión a Internet llegara en el presente a equiparar a la población de los Estados Unidos, la cual asciende a 258 millones de habitantes. Esto es, incorporemos ancianos, niños y personas incapacitadas tanto en el total sobre el que se hace el cálculo como en el grupo que tomaremos como centro de la proporción. De este modo, se anula la diferencia objetada(10). El resultado es 4,44%. Sigue quedando por fuera el 95.56 % de la población mundial.
Hagamos un último intento para llegar con los números. Sumemos las poblaciones de una serie de países de Ingresos Altos. Ellos y sus respectivas poblaciones en millones de habitantes son: Estados Unidos (258), Japón (124), Alemania (81), Reino Unido (58), Austria (58), Italia (57), Francia (57), Canadá (29), Australia (18), Países Bajos (15), Bélgica (10), Suecia (9), Suiza (7), Finlandia (5), Dinamarca (5), Israel (5), Irlanda (4), y Noruega (4)(11). Sus poblaciones suman 804 millones --recuérdese que suponemos que el total de la población acceda a Internet--. Sin embargo, la proporción del total de habitantes de estos 18 países de ingresos altos con respecto a la población mundial apenas llega a representar el 13,86 % quedando aún afuera el 86,14 % de esta última.
Podríamos escribir páginas enteras conjeturando distintas proporciones y posibilidades y, aún así, no llegaremos a sumar ni el 25 % de la población mundial. Otro ejercicio podría consistir en dar vuelta la ecuación para ver cuantos habitantes necesitaríamos para llegar a este último porcentaje, lo cual nos daría unos 1.450 millones de habitantes --con lo que todavía nos queda afuera el 75 % de la población mundial; esto es, 4.350 millones.
Ante tales magnitudes, que pasan a ser obviedades, es válido comenzar a postular que el hecho de que centenares de publicaciones, videos documentales, conferencias y autores --que gustan de los métodos cuantitativos y descriptivos-- parezcan ciegos frente a este tipo de cálculos, deja de ser una mera ingenuidad y pasa a tener algún tipo de intencionalidad o, al menos, complicidad.
No obstante, consideramos que es insuficiente el conformarse con este desalentador panorama cuantitativo, en cualquier dirección que se emprenda la marcha. Lo único que puede ganarse con este tipo de crítica es que los lectores sean más precavidos ante los asombrosos escenarios que se les presentan como el futuro de toda la humanidad. Sin embargo, la crítica a este nivel se mantiene dentro de la misma lógica de la cual el presente trabajo pretende desvincularse y desarticular: la lógica cuantitativa y de la mera descripción superficial. A fin de cuentas, las cifras terminan por transformarse en una especie de anteojera que obstaculiza un análisis más complejo, tendiente a comprender las profundas transformaciones que se van llevando a cabo en las distintas esferas de la sociedad. Retomaremos esta crítica a lo largo del trabajo.
Ahora bien, si es tan poca la proporción de conectados a La Red con respecto a la población mundial, ¿por qué ponderamos tanto este fenómeno? ¿Qué importancia tiene una tecnología utilizada a penas por un 0,54 % de la población? ¿No la estamos sobrestimando? En este punto es donde se hace pertinente la objeción a los métodos meramente cuantitativos. Internet es una inter-redes que une a millones de usuarios y, por ende, se transforma en vía de inter-acción de aquellos. Pero no es simplemente interacción entre millones de personas y grupos sociales homogéneos e idénticos. Si hablamos únicamente en términos de números, donde cada persona conectada es simplemente eso, un número, entonces estamos vaciando de contenido a quienes están a cada lado de una terminal; estamos olvidando que tienen características particulares, rasgos culturales distintos, posiciones heterogéneas en la sociedad, distinta capacidad de decisión y de operar políticamente, desigual poder económico, etc. Es por ello que, a pesar de que numéricamente los cibernautas representa una minúscula proporción de la población mundial, su importancia en el plano cualitativo es la que hace a este fenómeno significativo al efecto de explicar las mutaciones en la esfera pública y privada. La pregunta no debe ser por "cuántos" son los conectados, sino por "quiénes" son ellos.
Sin perjuicio de lo antedicho, es necesario efectuar una aclaración. El haber destacado que los trabajos predominantes sobre Internet dejan de lado a la mayoría de la población mundial, a partir de metodologías de análisis simplistas y de enfoques reduccionistas, no implica que estos deban ser reemplazados por otros argumentos de la misma índole. Esto es, los enfoques de carácter cuantitativo y técnico-descriptivo no son la única forma de reduccionismo analítico existente, en los que es fácil y tentador caer debido a que allanan el camino para la comprensión de ciertos fenómenos complejos.
Otro tipo de argumentación reduccionista muy corriente --que encuentra eco en las más diversas orientaciones políticas-- es el que se conoce bajo el nombre de economicismo. Según éste, todas las formas en que una sociedad se ordena y desarrolla, se fragmenta, opera políticamente, modifica su entramado cultural y cualquiera sea la dimensión social de la que se trate, pueden ser explicadas, en última instancia, por su estructura económica --es decir, la forma en que los hombres se relacionan y organizan para la producción, circulación y distribución de los recursos económicos de esa sociedad.
Dentro del ámbito de reflexión que nuestro trabajo aborda, es bastante común encontrar miradas donde toda la complejidad de Internet se reduciría únicamente a la capacidad de acceso económico de la población a dicha tecnología, y donde los problemas de inclusión y exclusión --que trataremos más adelante-- se solucionarían por la simple equiparación económica de la población. Para estos análisis no habría multiculturalismo ni dimensiones ideológicas que pueden condicionar ciertos escenarios, ya que, en última instancia, todo se remitiría y estaría determinado por la esfera económica, de la cual las otras dimensiones sólo serían una manifestación tardía o un reflejo desformado.
Podemos encontrar estos tipos de argumentaciones tanto en orientaciones políticas liberales como marxistas. Y es que el economicismo no tiene que ver, en primera instancia, con una posición política, aunque sí tiene graves consecuencias en este ámbito(12). Es más bien una lógica- epistemológica interna de las teorías. Esto es, tanto su nudo como su crítica se encuentran al nivel de la metateoría, en los fundamentos conceptuales y apriorísticos que funcionan a modo de base sobre la que construye la teoría que se pretende desarrollar, y no en la teoría sustantiva. El supuesto alrededor del que gira el equívoco radica en una falsa ontología, en una errónea concepción acerca del hombre, el cual seguiría siendo pensado como Homo Económicus --y a esto no escapan ciertas corrientes marxistas--. En síntesis: cualquier crítica a este tipo de corrientes economicistas, no debe dirigir su mirada a sus postulados e ideas centrales, sino a sus fundamentos epistemológicos. La Epistemología es, entonces, un campo fértil para desarticular la lógica con la que se mueven estas corrientes(13).
Este tipo de miradas implica, en última instancia, una subestimación e incapacidad de comprender la complejidad de los sistemas socio-culturales. Es fundamental la dimensión económica para lograr aprehender los diversos procesos y movimientos que se van dando en el seno de una sociedad, pero no es la única. La cultura es un vasto mundo simbólico que, si bien no posee autonomía con respecto a las otras esferas de lo social, por su complejidad y relevancia de ninguna manera puede ser subordinado a cualquier otro subsistema social.
El hombre es un ser simbólico. Esto es, vive en y a través de un entramado de construcciones simbólicas sin las cuales no podría constituir relaciones sociales. Y sin éstas, en definitiva, no existiría como sujeto social. Ese entramado simbólico no es otra cosa que la cultura, a partir de la cual el hombre da sentido a su mundo, es decir, ordena la realidad en categorías y conforma un todo con algún sentido. Visto desde una perspectiva sistémica, la cultura se constituye como un sistema complejo formado por una serie de subsistemas --uno de los cuales es el del lenguaje--. El hombre actúa conforme a ideologías, costumbres, valores, normas, etc., aprehendidos socialmente, y absolutamente todo lo hace a partir y a través de ellos.
Sin embargo, el sujeto social no es un simple repetidor de elementos estructurales. En el marco de la acción social, y principalmente a partir de la acción colectiva, produce y reproduce su mundo simbólico. Un ejemplo claro de esto lo podemos encontrar en el subsistema del lenguaje: en el acto del habla, un grupo social reproduce tanto las estructuras del lenguaje como los códigos que lo conforman. No obstante, sabemos que en ciertos ámbitos --por la experiencia y la acción colectiva-- cada grupo social puede ir imprimiendo cambios a esa estructura, de modo tal que va conformando sus propios códigos comunicacionales --como en el caso del lunfardo (slang).
En síntesis, la propia estructura mental del hombre --con la que puede escribir argumentos economicistas u operar políticamente-- está conformada por sus experiencias e historia, las que son aprehendidas simbólicamente dentro de una cultura dada, y es a través de ella que aprende, comprende, razona, etc. Asimismo, por más que la acción política tenga por objetivo cambios en, por ejemplo, la esfera económica, en sí misma opera en el campo de lo simbólico y de la cultura(14). Sostener que el núcleo último de la acción social y de las relaciones sociales es únicamente el marco de la producción y la estructura económica es, en definitiva, no comprender la complejidad de las relaciones sociales.
De este modo, la incapacidad de acceder a Internet por parte de vastos sectores de la población no tiene un carácter meramente económico. Esta tecnología implica también un conjunto de códigos culturales --lenguajes, conocimientos técnicos mínimos, etc.-- que se sustentan, a su vez, sobre otros a un nivel más básico --como ser cosmovisión del mundo, formas de relacionarse con la tecnología, etc.--, sin los cuales es mucho más difícil entrar al mundo del ciberespacio. Esto es: por más que cada vez el software sea diseñado de forma tal que su aprendizaje y manejo sea más fácil y rápido para los usuarios, estos ultimos --sean adultos o niños, vivan en Arabia Saudita o Argentina, tengan un mayor o menor grado de dificultad durante los procesos de aprendizaje-- tendrán que compartir un cierto número de códigos y pautas culturales mínimas. Por ejemplo: no basta con que las personas puedan acceder económicamente a una computadora y que no mueran de hambre; deberán tener un cierto grado de alfabetización, saber lo que es una computadora, una cierta concepción acerca de este tipo de tecnologías, algún dimensionamiento espacio-temporal en lo que se refiere a la navegación en Internet(15), etc. Pero al referirnos a un cierto conocimiento mínimo del cual se parte, no estamos hablando de un conocimiento teórico. Rubén Dri sostiene que "[...] en las formas de conciencia social podemos distinguir dos niveles generales: el preconsciente o del ethos y el consciente o teoría. El ethos es el modo «espontáneo» de habitar el mundo que tiene el hombre [...]"(16). "Espontáneo" no significa "natural", sino que se opone a lo teórico y reflexionado. Esos mínimos conocimientos compartidos que deberán tener las personas que accedan por primera vez a Internet se encuentra al nivel del ethos.
Si sólo se tratara de acceder a una computadora, hagamos un ejercicio mental: tomemos a un niño de 7 años de un barrio de clase media de Ciudad de Mexico y a otro de la misma edad pero de una familia de una aldea de alguna región interior de áfrica donde casi no tengan acceso a la luz eléctrica; ambos sin conocimiento alguno de computación; démosle un equipo de multimedia conectado a Internet a cada uno; coloquémosle el mismo profesor de computación que hable los dos idiomas, y hagamos que cursen seis clases de una hora de duración cada una. A partir de allí, evaluemos y veremos que es muy probable que cada uno haya tenido ritmos y lógicas de aprendizaje desiguales, y los resultados de este proceso, por consiguiente, serán dispares(17). El niño de la aldea --la cual podría estar tambien en algún lugar de Sudamérica o Asia--, antes de entrar en el proceso de aprendizaje del manejo de Internet, deberá familiarizarse con ciertos elementos que le eran ajenos a su entorno y que no componían su ethos. El otro niño, a pesar de no haber manejado nunca una computadora, es muy probable que la haya visto cotidianamente en la televisión, o en alguna vidriera, o en la casa de algún amigo. Al mismo tiempo, aunque este niño no tenga racionalizado lo que son los tiempos y espacios virtuales, estará más familiarizado con ellos por la vida cotidiana que lleva en la ciudad. Probablemente su proceso de aprendizaje sea más rápido con respecto al otro niño. No obstante, recuérdese que cuanto menor edad tenga un niño, más rápido es el proceso de asimilación de nuevos conocimientos. Será mucho más fácil enseñarle al niño aldeano que a una persona de 50 años de su mismo lugar de origen.
Pero no tenemos que ir a un ejemplo tan extremo como el de comparar a dos niños de culturas tan diferentes. Día a día una serie de vocablos y expresiones se van incorporando al discurso de aquellos que podemos conceptualizar como la población de Internet; códigos que únicamente son comprendidos por quienes se encuentran ubicados de este lado de la línea divisoria --el de los conectados--, y que se modifican a un ritmo tan vertiginoso que resulta difícil pensar cómo ingresar a esa subcultura sin estar actualizándose permanentemente, y por qué no -- haciendo un juego de palabras--, "siendo actualizado"; (¿por quién?).
En este caso, nuevamente, ya no se trata de una incapacidad de acceder basada meramente en una barrera económico-material. El problema de la inclusión y exclusión trasciende esta dimensión e impregna el campo de lo simbólico. Es decir que cuando hablamos de pobreza, por ejemplo, debemos tener en cuenta que ésta no es sólo material sino también simbólica. Esta última refuerza y potencia la anterior. Así, la educación en general y las políticas educativas al respecto cobran una relevancia crucial a la hora de encontrar un sentido práctico a todas estas reflexiones.
Ahora bien, hasta aquí -- y esto se repetirá a lo largo del trabajo-- hemos realizado una simplificación de las características de quienes consideramos la población de Internet; es decir, hemos reducido la heterogeneidad de millones de cibernautas a un tipo específico y único que, si bien no lo hemos definido con precisión, hemos dado a entender que comparte un mismo subsistema simbólico, maneja ciertos códigos en común, etc. En otros términos, hemos homogeneizado a una población completamente heterogénea. ¿No estamos cayendo aquí en otro tipo de reduccionismo? Por un lado, parecería completamente ingenuo creer que todas las personas están sentados la misma cantidad de horas por día frente a una interfaz. Encontramos desde quienes están 8 horas diarias hasta aquellos que revisan su cuenta de correo electrónico una vez por semana --si es que llegan a eso--. Por otro lado, parecería que hubiéramos dado por supuesto que todos comparten el mismo conocimiento acumulado acerca del manejo de esta tecnología. Sabemos que eso es completamente falso. En Internet hay una amplia gama que va desde gente que sabe programar en HTML --y mucho más--, hasta aquella que a penas se arregla para utilizar un navegador, o quienes dependen de otros para enviar un E-Mail. A todo esto se le debe agregar que dentro de los conectados hay un gran número de culturas que median en la interacción; esto es, que la acción de los individuos, su imaginario tecnológico, etc., está filtrada por una cultura. Dentro de La Red encontramos un multiculturalismo y una multietnicidad que no pueden ser desestimados como mediadores y como elemento constitutivo de la propia Internet.
¿Cómo es entonces que simplificamos tanta heterogeneidad, como si existiera un solo tipo de cibernauta? Tres son las principales razones que nos empujan a esto. En primer lugar, la novedad de este complejo fenómeno y el amplio campo tan escasamente explorado, ponen un límite a nuestras aspiraciones en lo que hace a la producción de conocimiento. Creemos que este último se construye en distintos niveles --que se van cimentando uno sobre el otro--, y que en el presente recién estamos constituyendo los peldaños inferiores. En este sentido, nuestro trabajo sólo pretende ser un aporte para ese nivel inferior. Nos vemos por ello forzados a resignar la heterogeneidad, la que podrá ser abordada en estudios posteriores que cuenten con un mayor caudal de conocimiento empírico.
En segundo lugar, un factor de carácter práctico: las dimensiones de este trabajo nos impiden por completo realizar dicha aspiración. Por último, adoptamos el método de simplificar al cibernauta en un tipo ideal en sentido weberiano que, de por sí, no se encuentra en la realidad concreta, pero que fue construido a partir de elementos de aquella que nos han parecido altamente significativos y, por más que se constituya en un concepto teórico abstracto --el tipo ideal--, conforma una herramienta analítica muy útil a efectos de abordar el complejo fenómeno(18). Dejamos sentado, de este modo, que somos conscientes del hecho de que la población de Internet es mucho más heterogénea y compleja de lo que la presentaremos, pero que a efectos de nuestro trabajo nos será útil conceptualizarla de este modo.
Habiendo descartado los análisis cuantitativos y descriptivos señalados más arriba, y tomado las debidas precauciones con respecto a otro tipo de reduccionismos como el de las explicaciones economicistas, ¿cuál podría ser el sendero analítico a recorrer a fin de comprender los cambios que se vienen llevando a cabo a partir de la generalización del uso de Internet dentro de determinados sectores sociales, y cuál, la puerta de entrada a este trabajo exploratorio?
El entramado social se va tejiendo permanentemente en y a partir de múltiples relaciones que van conformando un todo, dando lugar a los distintos espacios alrededor de los que se organiza un determinado orden social. Es allí donde el sujeto y los grupos sociales se constituyen como tales, siendo atravesados por las múltiples instituciones que dan forma a la sociedad toda. Al respecto, la tecnología conforma un factor fundamental como mediadora en las relaciones sociales, ya que ella misma se constituye como tal.
Sin embargo, no nos es posible en un ensayo de estas dimensiones abarcar la totalidad de las transformaciones sociales que se producen a partir de este fenómeno tan actual como es el de Internet. Es por ello que se hace imprescindible recortar nuestro objeto de estudio, así como las dimensiones de análisis que nos resulten más significativas a efectos de su exploración.
Al pensar acerca de la sociedad moderna --y recordando las líneas acerca de la relación entre Modernidad y Posmodernidad que esbozáramos al principio del trabajo--, y no obstante encontrar diversas dimensiones analíticas a partir de las cuales nos es posible realizar un acercamiento al fenómeno de Internet, dos ámbitos cobran un relieve fundamental, ya que han sido ejes centrales alrededor de los que se han venido organizando las distintas sociedades occidentales a lo largo de estos últimos tres siglos: las esferas pública y privada.
A partir de las revoluciones burguesas que se dieron entre los siglos XVIII y XIX, y que se constituyeron como momento de coronación de la Modernidad -- específicamente en sus acepciones políticas ocurridas en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX--, la acción del hombre queda contenida y, a la vez, escindida en estas dos esferas: la privada --espacio individual donde cada sujeto se desarrolla a su propio destino y mediante sus propias condiciones y capacidades--, y la pública --ámbito donde los hombres dejan su individualidad y construyen en común--. El surgimiento de la Modernidad implicó un estallido de la totalidad preexistente y el nacimiento de la figura del individuo tal como hoy la conocemos. Pero un individuo dividido en dos ambitos: el público y el de su vida privada.
En la actualidad estamos presenciando la desarticulación progresiva del espacio público y el creciente traspaso de ciertos ambitos --que antes pertenecían a éste-- hacia el sector privado. Pero esto no se produce de igual forma a nivel planetario. Es en este punto donde debemos hacer el ejercicio de remontarnos de lo general --que implican ambas esferas en sentido genérico y abstracto-- a lo particular --modalidades que se dan en cada nación--, para luego volver a lo general - -pero esta vez desde un lugar distinto, habiendo superado aquella primera abstracción- -. Si bien, en un modo abstracto, hay ciertos rasgos básicos que se dan en todos los países capitalistas, cada una de estas dos esferas tiene su propia lógica de articulación, y la forma en que se desenvuelven en cada país estará muy emparentada con las pautas culturales, la forma de desarrollo económico y el edificio político y jurídico construido históricamente. Creemos importante remarcar esto ya que, por ejemplo, los ámbitos públicos y privados no presentan los mismos rasgos en culturas como la de los Estados Unidos, que en las Latinoamericanas --y al interior de cada una de ellas--, y por ello el impacto de Internet será distinto en cada una. En la primera --caracterizada por un mayor individualismo, una priorización y valorización de las historias y carreras de cada sujeto en particular sobre el colectivo, y un alto desarrollo del ámbito privado--, la introducción y generalización del uso de Internet no tendrá un impacto tan grande en la redefinición de las esferas pública y privada. Tal vez, y eso lo iremos develando a lo largo del trabajo, la ampliación del uso de esta tecnología --que posibilita ciertos tipos de interacción para los que antes había que estar presentes físicamente-- lo que probablemente haga en esa cultura sea acelerar y exacerbar ciertos procesos y rasgos que ya están presentes.
Sin embargo, podemos decir que el impacto en culturas como las latinoamericanas -- en plural-- será distinto. Más allá de sus diferencias, alto grado de heterogeneidad y los cambios que se vinieron dando a lo largo de estos últimos años, los países latinoamericanos presentan un menor desarrollo de los ámbitos y carreras individuales, y una mayor amplitud y cantidad de espacios de articulación de intereses colectivos(19). Recién ahora se está empezando a valorar la historia particular de los sujetos, y el individualismo --con todo lo bueno y malo que implica-- empieza a romper con los espacios de interacción colectivos que antaño predominaban. No obstante, la valorización de elementos culturales tales como el "estar juntos" y "hacer las cosas juntos" sigue altamente impregnada en este tipo de sociedades. Esto no es trivial ya que tiene consecuencias en todas las esferas de la cotideaneidad. Es por ello que en culturas como las latinoamericanas, la introducción de una tecnología que haga que cada quien opere desde su propio ámbito privado, potenciando los procesos de individuación, tendrá un significativo impacto en la redefinición de ambas esferas --mucho mayor que en una sociedad como la de Estados Unidos.
El interrogante original que orienta este ensayo se puede definir de la siguiente forma: ¿Es posible pensar en un nuevo parámetro a partir del cual se organice el espacio público, el que quedaría definido por un tipo distinto de límites a los que ha venido respondiendo a lo largo de la Modernidad hasta el presente? Si decimos que en la actualidad nos encontramos ya dentro de la Posmodernidad, y que el ámbito de lo público es heredado de los siglos precedentes(20), ¿es posible vislumbrar una nueva lógica de articulación de dicho ámbito?
A su vez, una problematización más compleja de aquel interrogante conlleva necesariamente otras dos preguntas: ¿Qué consecuencias trae aparejada la aparición de Internet, en tanto mediadora en la interacción social, y como relación social en sí misma, en lo que respecta a los límites entre lo público y privado?
Por último, si en toda construcción de espacios colectivos hay parámetros a partir de los que se definen los límites de inclusión y exclusión social, ¿qué lectura se le puede dar a este fenómeno a la luz de la incorporación de Internet a la escena cotidiana?
Dar respuesta a estos interrogantes implica, necesariamente, transitar por cuatro momentos de análisis. En primer lugar, definiremos qué implica cada uno de estos conceptos --público y privado-- y cómo se han venido articulando hasta nuestros días. Asimismo, intentaremos detectar elementos claves dentro de estos ámbitos, que sean pertinentes para ser indagados a la luz de la tecnología Internet. Para ello, debemos alejarnos momentáneamente de las particularidades que puedan adoptar en cada país y/o cultura lo público y lo privado, definiendo los rasgos generales que ambos han presentado a lo largo de la Modernidad.
Un segundo momento de análisis consistirá en comprender el complejo fenómeno de Internet en tanto tecnología, evitando caer en el reduccionismo tan habitual de remitirla únicamente a su dimensión material y objetivada --como red de computadoras interconectadas a través de servidores y sistemas de telecomunicaciones--, sino que, por el contrario, intentaremos darle mayor profundidad y multidimensioanlidad analítica al concepto, pensándolo como relaciones sociales en sí mismas. Para ello deberemos hacer un breve replanteo de la noción de tecnología, ya que es en la mala conceptualización de ésta donde radica una de las principales confusiones que lleva a reduccionismos en otros niveles del análisis.
En tercer lugar, proponemos repensar las categorías de espacio y tiempo que Internet modifica, y el lugar que los cuerpos ocupan en este nuevo espacio que se abre. El cuarto y último momento de análisis estará dado, por un lado, por el intento de comprender cómo Internet redefine --si es que llegamos a la conclusión de que efectivamente lo hace-- los espacios de lo público y de lo privado, cada uno en su especificidad y en su mutua interrelación y, por otro lado, las consecuencias que estos procesos tienen para la vida cotidiana de la comunidad.
Antes de entrar en tema, creemos pertinente hacer dos aclaraciones de orden epistemológico y metodológico respectivamente. Todo escenario social es complejo y multidimensional. Ningún fenómeno social puede ser explicado solamente por una, dos o tres variables. Sin embargo, podemos dar prioridad a una u otra, a partir del momento en que creemos que tiene un status y/o peso significativo en la explicación del fenómeno. De esta forma, dejamos en claro que somos conscientes del hecho de que el cambio en las esferas pública y privada no se definen únicamente por la aparición de Internet. Es más: sería una completa ceguera creer que dicha transformación se remite únicamente a esta tecnología --como si fuera una variable independiente que puede explicar por sí misma el resto de los fenómenos sociales--. Nos centramos en ella a partir de creerla una tecnología tardía de la Posmodernidad, pero que sintetiza una serie de características que la convierten en un factor altamente significativo para la comprensión del tema analizado.
La segunda aclaración es que, en los distintos apartados del ensayo, adoptaremos una modalidad argumentativa consistente en trabajar conjuntamente dos niveles: por un lado, desarrollaremos y deconstruiremos analíticamente una serie de conceptos teóricos a fin de darle una nueva forma, y por otro, veremos cómo esos conceptos se articulan, encuentran, y tienen consecuencias en el plano de la realidad concreta Creemos fundamental en cualquier trabajo que se enmarque dentro de las Ciencias Sociales la interacción permanente entre teoría y práctica, ya que la primera sin la segunda no tiene sentido, y la indagación empírica(21) sin trabajo teórico es completamente ciega e ingenua.
En este apartado nos alejaremos momentáneamente de Internet --para luego sí retomarla plenamente-- ya que es crucial, para una buena comprensión de nuestro trabajo, el hacer una exhaustiva conceptualización de las esferas pública y privada.
Cuando pensamos en la esfera de lo público, la conceptualizamos como aquel espacio en el que se superan los límites de los intereses y acciones particulares de cada individuo, articulándose en un entramado de relaciones sociales en general y ciertas instituciones en particular, en tanto les permitirían a los hombres construir y llevar a cabo proyectos y acciones que los engloben a todos, trascendiendo el estado de serialidad --en sentido sartreano--, es decir, aquel en que cada uno vive como totalidad lo que no es más que un fragmento de un universo mayor. El elemento central de la esfera pública en la Modernidad es la generalidad.
Conceptualizamos a la Sociedad Civil como aquel ámbito o dimensión de la sociedad donde se dan todas las relaciones sociales que no tengan como objeto la política --generalidad--, sino que se centran en el individuo. Este último operaría en la Sociedad Civil como un particular, defendiendo sus propios intereses e interactuando con los demás en los distintos ámbitos de la vida.
Al hacer referencia al espacio público y el Estado debemos tomar dos precauciones. En primer lugar, no pensar a estos conceptos en un sentido contractual. Queda totalmente excluida del marco teórico de este ensayo la idea contractualista --en cualquiera de sus variantes-- acerca de la conformación de la Sociedad Política (o de lo público) y de las metáforas del Estado de Naturaleza, Estado Político, etc. A este respecto, nos alejamos de dicho marco conceptual --y de cualquiera que pretenda la idea de un supuesto hombre pre- social, así como de cualquier tipo de naturalización de relaciones sociales-- debido a creerlo insuficiente a efectos del abordaje teórico de lo social(22), y nos ubicaremos en una perspectiva que conceptualiza al hombre, desde su propia constitución como tal, como un ser social, que nace dentro de determinadas relaciones sociales históricamente constituidas e independientes de su voluntad --al menos en un primer momento.
En segundo lugar, debemos cuidarnos de no reducir los conceptos de Estado y de la esfera pública a su mera cristalización material en tanto instituciones objetivadas --aparatos burocráticos-- del Estado. Guillermo O'Donnel lo plantea claramente al señalar que "[...] el Estado es también, y no menos primariamente, un conjunto de relaciones sociales que establece cierto orden en un territorio determinado [...]"(23).
Ahora bien, si hacemos un rastreo cronológico a fin de aprehender el período de historia durante el cual el espacio público se articuló a partir de una determinada lógica --que es la que se mantuvo hasta nuestros días--, sostenemos que el momento de ruptura con otras formas anteriores estaría dado a partir del surgimiento del Estado moderno y de lo que hoy entendemos como las revoluciones burguesas, en tanto escisión de lo social --que antes constituía una unidad-- en dos esferas: la pública y la privada. No hay una desintegración de lo social como totalidad, sino una escisión de ésta en dos partes, pero que sigue siendo una totalidad. Lo que se produce es una organización al interior diferente a la que la precedía.
Ampliemos esta idea: cuando señalamos que antes de dicha ruptura Estado y Sociedad Civil eran una --que podemos conceptualizar como comunidad--, estamos diciendo que la posición estamental, las igualdades y desigualdades, la historia y el destino de cada quien conformaban una unidad con su vida política. A partir del lugar social en el que se naciera, cada quien tendría una determinada posición económica, política y religiosa que se correspondía con la de aquellos que también formaran parte de aquel estamento. Quien nacía campesino viviría como tal, y su participación activa en las decisiones acerca de los asuntos del feudo sería nula desde el principio hasta el fin de su existencia. Sin embargo, este posicionamiento estamental no se remitía solamente a desventajas y exclusiones, sino que también implicaba ciertos privilegios y particulares formas de inclusión. Cuando se señala que uno de los rasgos distintivos de la sociedad feudal lo constituía lo que se podría llamar privilegio estamental, no quiere decir que este último fuera sólo para un determinado estamento, sino que cada uno de estos tenía sus propios privilegios. Quien fuera campesino de un determinado feudo quedaría bajo la protección del ejército correspondiente. Otro ejemplo lo constituyen ciertos privilegios que recibieran algunos grupos étnicos minoritarios durante aquel período. Por otro lado, quien fuera Señor sabía que para su posición estamental correspondía una determinada participación política, y así sucesivamente. Es decir, nuevamente, Estado y Sociedad estaban completamente unidos. Cada hombre, ubicado en un determinado lugar de ese orden, tenía su propia posición frente y en el Estado. La sociedad estaba politizada. Y esta realidad estaba legitimada por el orden religioso del mundo.
Las revoluciones burguesas --principalmente en su faz política-- vienen a romper esta unidad. Norbert Lechner, a su vez retomando a Marx, señala que a partir de las revoluciones burguesas "[...] el gobierno ya no es un asunto personal del monarca, sino un asunto general de los ciudadanos"(24). Se separan el Estado y la Sociedad Civil. Por un lado aparece una esfera constituida por instituciones y un edificio jurídico ante los que todos somos iguales; por otro, la Sociedad Civil, donde cada quien lucha por su propio destino.
Veamos con mayor detenimiento cómo puede ser entendido el surgimiento de las dos esferas que este ensayo indaga. Es útil, en este sentido, remitirnos al concepto que de dicho fenómeno plantea Marx tanto en La Cuestión Judía como en La Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel. Allí el pensador alemán desarrolla claramente la idea acerca de la escisión del hombre en dos ámbitos --como ciudadano y como individuo-- a partir de la revolución burguesa y la emancipación política.
"Allí donde el Estado político ha alcanzado su verdadero desarrollo, lleva el hombre no solo en el pensamiento [...], sino en la realidad [...] una doble vida, una celestial y otra terrenal, la vida en la comunidad política en la que se considera como ser colectivo, y en la vida en la Sociedad Civil, en la que actúa como particular"(25).
El espacio público constituiría entonces el ámbito donde el hombre deja, en apariencia, su mundo privado y se establece como igual ante el resto de los hombres. La esfera privada, conformaría el marco donde, por el contrario, sí se darían las desigualdades. Este último, a su vez, estaría fuertemente ligado a la actividad económica --aunque no se limitaría únicamente a ella--. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el hecho de que un rico y un pobre pueden vivir su existencia de modo muy distinta pero, en teoría, son iguales ante la ley.
"[...] Al definir la Sociedad Civil como estamento privado, Hegel se limita a decir que las distinciones estamentales de la Sociedad Civil son distinciones no políticas [...] ello quiere decir que aparecen escindidos también el ciudadano del Estado y el ciudadano en cuanto simple miembro de la Sociedad Civil [...] Por tanto, para comportarse como ciudadano real del Estado, para adquirir significación política el individuo se ve obligado a salir de su realidad civil, a hacer abstracción de ella, a retirarse en su individualidad de toda esta organización [...]"(26).
El concepto de Estado --nuevamente-- no debe ser entendido simplemente como el aparato burocrático, sino como la instancia de superación de la Sociedad Civil: mientras que en esta última el hombre se constituye como individuo y vive su vida privada, el Estado Político le daría el marco para no aislarse en aquella. La una depende de la otra. Funcionan como dos caras de una misma moneda --la sociedad-- y con una lógica que las hace depender mutuamente.
Para comprender esto, nos valdremos del concepto que acerca de este fenómeno elaboró Marx en la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel. Allí queda planteado que el Estado presupone la existencia real de la Familia y de la Sociedad Civil. Estas últimas, son "[...] las premisas del Estado; son, en realidad, los factores activos [...] la división del trabajo en la Familia y en la Sociedad Civil es algo ideal y, por tanto, necesario, que forma parte de la esencia del Estado; Familia y Sociedad Civil se convierten ellas mismas en Estado. Son el motor [...] el Estado político no puede existir sin la base natural de la Familia y la base artificial de la Sociedad Civil [...]"(27).
Marx retoma la distinción que realiza Hegel entre Sociedad Civil y Estado, pero invierte el sentido que el filósofo alemán le imprimía a cada uno de los términos. El sujeto de la historia será, para Marx, la Sociedad Civil, mientras que el objeto, lo construido histórica y socialmente, es el Estado. Pero -- volvemos a insistir porque este punto es fundamental para la comprensión del fenómeno-- aunque lo nombre como "objeto", esto no quiere decir aparato burocrático, sino construcción histórica y no natural. Al respecto, si en Hegel la Familia y la Sociedad Civil contenían al Estado, es decir, éste era el núcleo --la "idea"-- que estaba en todas partes, en Marx aquellos son la premisa del último. El Estado moderno, como sociedad política, estará escindido de la Sociedad Civil. Escindido, pero la tendrá como premisa sin la cual aquel no existiría. Es por ellos que la escisión no implica ruptura como totalidad.
Esta separación del Estado con respecto a la Sociedad Civil no representa otra cosa que una alienación de la Sociedad Civil consigo misma. Esto es, que ésta - -los hombres en cuanto seres individuales-- necesita reconocerse a sí misma a través de una mediación --el Estado-- que es externa a ella, pero sin la cual no existiría. Es importante la distinción que Marx hace al respecto: el Estado es la forma que adopta la Sociedad Civil, que es el contenido mismo. Esto significa, nuevamente, que por un lado está escindido, pero sin Sociedad Civil no habría Estado.
Maximilien Rubel parafrasea al autor alemán y señala que el sólo hecho de la existencia del Estado, significa que hay contradicción entre los intereses singulares de los individuos y el interés común(28). Si no, ¿cuál sería la necesidad de un Estado? Este último cobra entonces una forma propia e independiente --según Marx--, separada de los reales intereses particulares y colectivos, en tanto ámbito paralelo a la acción cotidiana de los individuos. Es por ello que el elemento de la generalidad será central en la idea de lo público y del Estado a lo largo de la Modernidad. La influencia en Marx del concepto rousseauneano de voluntad general es decisiva a este respecto. Dejamos sentado este concepto de generalidad para contrastarlo, más adelante, con los procesos de ruptura --de aquel-- y de particularización que introduce la tecnología Internet.
Sin embargo, que la sociedad necesite reconocerse en una red de instituciones externas de las cuales aquella es el contenido, no implica que el Estado sea un espejismo, conclusión errónea a la que llega el economicismo reduccionista. A esto volveremos unos párrafos más adelante.
Ahora bien, ¿debe deducirse de esto que el Estado (moderno) desaparecerá en el momento en que se reencuentren la Sociedad Civil y la política, es decir cuando se politice la Sociedad Civil? En otros términos: antes señalábamos que no habría Estado sin Sociedad Civil ¿Pero se puede decir lo contrario? Aparentemente la única forma --ya que la política es intrínseca a la actividad humana, a su organización y la proyección hacia el futuro-- sería que esta Sociedad Civil se politice nuevamente ¿Sería esto posible? En La Cuestión Judía Marx parece responder que sí --e identifica este momento con lo que él llama emancipación humana--, aunque en escritos políticos posteriores ya no parece arribar a la misma conclusión.
Desarrollemos esta idea: aparentemente el Estado Político --que luego reconceptualizaremos como la esfera pública-- aparecería como una generalidad, que no es otra cosa que la manifestación de la alienación del hombre consigo mismo. Esto es, necesita una mediación --que es el Estado-- para consigo mismo; una instancia institucional que le permita salvar, al menos momentáneamente, las contradicciones que se dan en el seno de la Sociedad Civil. Y aquí retomamos la pregunta esbozada líneas más arriba ¿Sería posible la superación de esa alienación? ¿Es posible que el hombre se reconozca a si mismo sin la mediación de las instituciones del Estado? Aun corriendo el riesgo de ser tachados de esencialistas y de trabajar meramente en un ámbito metafísico, nuestra respuesta es negativa. Tal como lo señaláramos en la introducción del ensayo, el hombre es un ser simbólico y se reconoce y ordena a su mundo a partir y a través de una cultura. El Estado es también una institución que implica orden y dominación, y estos últimos elementos operan no sólo en el campo material, sino tambien en el simbólico. Creer que se puede prescindir del Estado y de la esfera pública es caer en un materialismo banal y, nuevamente, reducirlo meramente a su aparato burocrático. Por otro lado, una politización completa de la Sociedad Civil constituiría, o una idea romántica incapaz de comprender que ya no hay retorno a la polis griega, u otro intento de reformulación social que concluiría en otro régimen totalitario. Esto es: no es imposible politizar a la Sociedad Civil, sino que lo que no se puede es, justamente, prescindir de algún tipo de Estado, ni confundir esta politización con una especie de "emancipación humana".
Para aclarar este punto es muy interesante recuperar la particular lectura que Norbert Lechner hace de Marx en Aparato de Estado y Forma de Estado, ya que creemos que allí está la clave para entender esta problemática. En dicho trabajo el autor señala que, por un lado tenemos lo que podemos llamar "Forma Estado"(29), que es una forma de aparición social, una mediación que la sociedad construye para sí misma; "[...] escisión de la sociedad generada por la división en la sociedad [...]. Por forma no entendemos la forma organizativa o el régimen político del Estado sino una forma de aparición social [...]. Existió Estado en las sociedades tradicionales [...] pero sólo es relevante la forma que adquieren [el Estado como producción social] con el Capitalismo. Lo que distingue una época de la otra no es qué se produce sino cómo se produce"(30). A la manifestación o aparición material que adopta la Forma Estado en cada época es a lo que Lechner llama "Aparato de Estado".
Esto quiere decir que el Estado --Forma Estado--, con una u otra forma de organización y materialización --Aparato de Estado--, siempre existió. Lo que es particular a cada época es la forma que adopta este último --su modo de organización, su régimen político y la manera en que la sociedad lo construye--. La Forma Estado implica la articulación de un orden que una sociedad se da a sí misma, y una relación de dominación que se da al interior de ella.
Resumiendo, si bien la sociedad siempre constituye instancias de mediación ante sí misma, a partir de las revoluciones burguesas el Estado adquirió una forma particular conformándose los dos ámbitos en los que nuestras vidas se organizan y desarrollan: las esferas pública y la privada. Si bien la Modernidad y las revoluciones burguesas implicaron la aparición del individuo moderno, de allí en más no ha sido posible concebir lo social sin el espacio público. Por este último entendemos, concretamente, la representación que la Forma Estado adopta en el Capitalismo. Por ello, decimos que aunque la totalidad como comunidad se haya escindido en dos y se haya fragmentado en individuos, sigue siendo totalidad en tanto existe lo público.
Sin embargo, esta división no es tan tajante en tanto que el hombre también hace uso del espacio público para satisfacer sus intereses privados. Lo que sucede es que en la esfera colectiva el individuo está sujeto a normas y pautas que lo trascienden a él y a cualquier otro hombre en particular. Esto no implica, por otro lado, que el espacio público no pueda corromperse.
Ahora bien: lo público puede asumir distintas formas, tanto en su dimensión material como simbólica. Si se quiere pensar la primera, baste con observar una escuela, una radio estatal, la vía pública, una dependencia del Estado, etc. Por otro lado, la dimensión simbólica puede aparecer como la unificación de un grupo de hombres bajo el concepto de nación, el compartir una lengua, o como aceptación legítima de un orden compartido.
La legislación de cada país --con sus respectivos códigos-- da forma a estas dos esferas institucionalizándolas y legitimándolas. Si se comprende lo antedicho dentro de un marco histórico, podemos concluir que los parámetros a partir de los que se han venido definiendo hasta nuestros días las esferas de lo público y lo privado, están íntimamente ligados a la constitución de los Estados Nacionales y a los propios espacios físicos de estos a lo largo de la Modernidad, siendo la infraestructura tecnológica un factor de relevancia.
¿Podría pensarse a esta particular tecnología, Internet, como un elemento que, por sus características y potencialidades, atraviesa cada una de las esferas recién analizadas modificando la lógica de articulación que habían venido presentando hasta la actualidad? ¿Se constituiría el ciberespacio como un nuevo ámbito de acción política al interior de la Sociedad Civil? Nicholas Negroponte señala en un pasaje de su trabajo que "[...] a medida que nos interconectemos, muchos de los valores de una Nación-Estado dejarán lugar a las comunidades electrónicas que serán, a la vez, más grandes y más pequeñas. Socialmente nos relacionaremos en forma de comunidades digitales, en las que el espacio físico será irrelevante y el tiempo desempeñará un rol diferente"(31). A pesar de creer que Negroponte no es consciente de las consecuencias a la que se puede arribar llevando hasta sus últimas consecuencias el extracto que recién citamos, a lo largo del presente trabajo veremos que su sentencia no está tan alejada de la realidad. Lo que sucede es que la distribución de esta tecnología no es homogénea y, por ende, las consecuencias sociales de este proceso tampoco lo son.
Creemos que, en líneas generales, no habrá objeción a la idea de que Internet es una tecnología. Sin embargo, la utilización de este último concepto, así como la acepción que se le de no siempre será la correcta, y ello tendrá consecuencias a la hora de analizar las implicancias sociales que conlleve el uso de Internet. Proponemos, en este apartado, deconstruir y revisar el concepto de tecnología para poder lograr una mejor profundización en el tema que ocupa a este ensayo.
Habitualmente se ha reducido la comprensión acerca de la tecnología y los fenómenos tecnológicos meramente a su dimensión material; esto es, como producto acabado --como máquinas y herramientas sofisticadas--. Sin embargo, pensarlo únicamente a partir de este parámetro y no comprenderlo dentro de un esquema de análisis multidimensional, ni concebir las relaciones sociales que un fenómeno tecnológico conlleva e implica en sí mismo, no es otra cosa que una fetichización y mutilación del concepto.
En un artículo publicado por la cátedra "Tecnología y procesos de trabajo en sectores de pobreza crítica" a cargo del Profesor Alberto Bialakowsky de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se señala que la tecnología debe entenderse "[...] como una relación social que se constituye a partir de un sujeto, una máquina y un saber que media entre ellos. Esta concepción de lo tecnológico supone por un lado, un conjunto de técnicas, saberes y habilidades, y por el otro, objetos materiales [...] el hombre y su medio natural articulados necesariamente por una determinada organización para el trabajo"(32). En otras palabras: para comprender el fenómeno tecnológico, no basta con remitirlo a productos materiales terminados, sino que hay que pensarlo a partir de un análisis multidimensional que incorpore historicidad, saberes, relaciones sociales y un imaginario colectivo acerca de la tecnología.
Analíticamente podemos comprenderlo a partir de cuatro niveles o dimensiones --que están íntimamente ligadas, y en la realidad es imposible encontrarlas por separado, pero a fin de lograr aprehender al fenómeno de una mejor manera nos es útil utilizar esta distinción.
Las primeras dos son de orden simbólico. La primera queda definida como saber tecnológico (know how), y en ella encontramos saberes que orientan la realización eficiente de una actividad. En este punto no hay tanta discusión ya que es aceptado, en general, que un saber también es tecnología. Muchas veces se pone como ejemplo de esto a las diversas ciencias y a las universidades --como centros de producción de conocimiento tecnológico--. El problema es que, en tanto saberes, habitualmente se reduce a la tecnología únicamente a ese tipo de conocimientos, haciéndose cada vez más estrecha la visualización del fenómeno. Sin embargo, encontrarnos con esta barrera nos da la posibilidad de revisar qué es lo que los hombres entendemos por tecnología.
Precisamente, el segundo nivel o dimensión de análisis estaría enmarcado en lo que llamamos imaginario tecnológico. Dentro de éste encontramos todo el entramado de imágenes e ideas --las que conforman un todo-- que el hombre se hace acerca de la tecnología y de su vínculo con ella; un conjunto de representaciones que conforman un determinado orden y dan sentido a la relación del hombre con el resto de la sociedad y con el universo que lo rodea. Asimismo, el imaginario tecnológico conlleva una cosmovisión del mundo. En este sentido, cabe hacer una distinción entre tecnología en sentido genérico, y tecnologías específicas --de las cuales Internet sería un caso--. Cuando nos referimos a la segunda dimensión de análisis, nos remitimos a la tecnología en sentido genérico.
A pesar de que ambos elementos --saber tecnológico (saber hacer / know how / técnica) e imaginario tecnológico (representación que el sujeto se hace acerca de la tecnología y de su relación con ella)-- se juegan en el nivel simbólico y en el plano de la consciencia del sujeto, no deben ser confundidos. Señalamos esto ya que, habitualmente, la segunda dimensión no ha sido tomada en cuenta en los diversos análisis acerca del fenómeno tecnológico, o al menos no como una variable de peso. Este olvido deriva en una objetivación y substancialización de la tecnología, concibiéndose a ésta separadamente de la producción social. Se le da vida propia y autónoma con respecto a las relaciones sociales entre los hombres. Esto lo podemos ver claramente al contactarnos con material que trata de un supuesto "progreso de la ciencia y la tecnología"; como si éstas pudieran avanzar solas e independientemente de las relaciones histórico-sociales. Esta visión particular acerca de la tecnología contendrá una concepción teleológica acerca del desarrollo tecnológico. Tal como lo indicáramos en la introducción de este trabajo, el elemento simbólico pesa tanto en la constitución de la realidad - -ya que va a ser a través de aquel que esta última va a ser abordada-- que de ningún modo puede ser subestimado ni hecho a un lado.
El hombre se relacionará con los objetos tecnológicos --tercera dimensión-- a través de ese entramado de representaciones que se hace de aquellos. Va a valorar, o no, determinados ámbitos de su vida a partir de una escala de valores en la cual el imaginario tecnológico va a tener un peso significativo. Tanto una computadora como un utensilio cualquiera de cocina son productos que contienen determinada tecnología. Pero si a un sujeto de una cultura occidental se le pregunta cuál de ellos es un producto tecnológico, con seguridad, desde su sentido común señalará la computadora.
El imaginario tecnológico implica un recorte de la realidad y, en ciertos puntos, puede constituirse en obstáculo para un mejor aprovechamiento de los recursos disponibles por parte de los distintos segmentos de la población. Esto es, en una sociedad de consumo, determinados objetos tecnológicos pueden aparecer como "la única tecnología posible y deseable", constituyéndose esta ceguera en una desventaja para aquellos que, por distintos motivos, no puedan acceder a esas mercancías. Un reproductor de CD --pongamos como ejemplo-- puede ser tan deseado en una población de una villa miseria como en un barrio de clase media alta. A la formación del imaginario tecnológico ayudan significativamente los medios de difusión, cuales quiera que sean, ya que puede hacerse ver a un televisor como un elemento imprescindible para vivir, cuando es dado pensar que determinadas familias podrían hacer un uso del dinero --que normalmente destinan a ese producto-- más acorde a sus necesidades reales de subsistencia. El Marketing, lejos de ser una disciplina "inocua" --como muchos difusores del mismo plantean--, ha sido una eficaz herramienta para la conformación del imaginario tecnológico que estamos describiendo.
Como lo señaláramos líneas más arriba, la tercera dimensión a partir de la cual se puede analizar a la tecnología es en tanto objeto acabado y como producto de esos saberes tecnológicos. En el Capitalismo estos objetos adoptarían la forma de mercancías que se producirían, venderían y comprarían dentro de un mercado y circuito de consumo. Habitualmente se reduce el fenómeno sólo a este nivel: como objeto, máquina, etc. Se pierden de vista las relaciones sociales que hay antes, durante y después del proceso de creación de ese producto. Y no sólo eso: con el Capitalismo la tecnología se constituye en mercancía y, como tal, es --en términos de las herramientas teóricas elaboradas por el materialismo histórico-- una relación social en sí misma.
Es aquí donde ubicamos la cuarta dimensión de análisis: la tecnología como relación social. Como tal, un objeto tecnológico encierra una multiplicidad de relaciones entre los hombres que la producen así como el posicionamiento social que ellos detentan; relaciones de dominación, agrupación y acción corporativas, etc. Al proceso consistente en reducir una mercancía únicamente a la forma material y objetiva en que se le aparece a los sentidos, perdiendo de vista las relaciones sociales que implica, y asignándole un valor en sí mismo --como si esa materialidad objetiva fuera la que le diera el valor de cambio a la mercancía, independientemente de las relaciones histórico- sociales--, es al que Marx daba en llamar fetichismo de la mercancía(33).
Esta cuarta dimensión es completamente inexistente en los abordajes tradicionales, y sostenemos que la mutilación del imaginario tecnológico juega un papel fundamental al respecto. Se produce una fetichización del fenómeno tecnológico que hace que, por un lado, aparezca únicamente como objeto con valor propio --independiente de las relaciones sociales--, y por otro, que el hombre no sea consciente de su capacidad de creación y de intervención en la construcción histórica de la tecnología. La manifestación más evidente de esto último es la creencia y legitimación del hecho de que tanto el saber tecnológico como la generación de objetos tecnológicos estaría únicamente en manos de una pequeña élite: la comunidad científica en general y los técnicos en particular. De esta forma, la tecnología aparece como extraña e inalcanzable, conformándose una particular visualización y valorización acerca de esos grupos que sí son percibidos como capaces de producir tecnología. No es que no existan élites de técnicos y científicos que produzcan lo que hoy denominamos "tecnología de punta". Lo que sucede es que una de las consecuencias de la fetichización del fenómeno tecnológico es la legitimación y naturalización de esa distinción entre élites y el resto de la sociedad.
Ahora bien, si resumimos todo lo antedicho, debe entenderse a la tecnología -- en las cuatro dimensiones mencionadas-- como una construcción social, histórica y concreta, enmarcada en determinadas relaciones sociales de producción y, como tal, es necesario pensarla ya no como "la tecnología", sino como una pluralidad de ellas, tomando en cuenta que no necesariamente coexisten en forma armónica, sino que se encuentran integradas en múltiples relaciones sociales con distinto grado de conflictividad.
La riqueza de esta conceptualización radica en que amplía el horizonte explicativo de diferentes fenómenos sociales, en tanto le incorpora al concepto una historicidad de la que había sido despojado por las nociones más corrientes y hegemónicas acerca de la tecnología. Las cuatro dimensiones de abordaje nos permitirían comprender a Internet, ahora sí, no como una tecnología independiente de relaciones sociales, producto del desarrollo de una esfera autónoma --que algunos gustan en llamar "tecnociencia", "tecnoesfera", etc.-- que en esencia únicamente podría ser producida y modificada por una élite que se movería paralelamente pero por fuera del resto de la sociedad, y con una historia autónoma --y todo esto visto como natural y legítimo--, sino como una particular tecnología, producida histórica y socialmente y que estaría enmarcada e implicaría determinadas relaciones sociales de producción, tanto materiales como simbólicas.
Pero sigamos revisando el concepto de tecnología. Esta pierde, entonces, su inocencia y neutralidad en tanto se constituye como mediadora en la relación entre los hombres y entre los distintos grupos sociales, pasando a ser ella misma un modo de dominación, y conformándose un esquema donde habrían tecnologías que adoptarían formas hegemónicas, y otras que serían subalternas. Esto es, un grupo social puede universalizar su propio imaginario tecnológico al resto de los sectores de la población(34).
Habermas plantea, citando a su vez a Marcusse, que la tecnología --el autor dice "la técnica"-- "[...] es en cada caso un proyecto histórico-social; en él se proyecta lo que en una sociedad y los intereses en ella dominantes tienen el propósito de hacer con los hombres y con las cosas"(35). ¿En qué radica el conflicto en este nivel? Decimos que un determinado grupo social constituye su mundo simbólico a partir de sus experiencias y prácticas cotidianas --y viceversa--. Ahora bien ¿qué sucede cuando a ese segmento se lo bombardea constantemente con imágenes de una tecnología que no fue diseñada pensando en él, y se le va imponiendo un imaginario tecnológico que no se corresponde con sus propias prácticas cotidianas? Es algo propio del sistema de producción y consumo de mercancías --ya mencionamos la herramienta del Marketing-- el generar deseo de adquirir y hacer propio, así como de sentir como necesario, objetos que, de por sí, no necesariamente tienen para el sujeto y/o grupos sociales un valor de uso como el que se le quiere atribuir. El resultado es que los procesos de fetichización y extrañamiento se acentúan.
Pero no confundamos esta relación entre grupos sociales y tecnologías hegemónicas y subalternas con una simple intencionalidad o voluntarismo, en donde un grupo impondría conscientemente a otro su cosmovisión del mundo. Cuando más arriba señalábamos esto, lo hacíamos en sentido figurado; esto es, la universalización de un imaginario tecnológico es un proceso complejo y para nada unívoco. La fetichización y extrañamiento se producen en todos los segmentos de la sociedad. Lo que sucede es que los efectos de estos procesos no son los mismos en cada grupo social.
¿Pero a quiénes nos referimos cuando caracterizamos a las corrientes predominantes que reflexionan sobre la tecnología? Hay ciertas disciplinas y autores que tienen un mayor acceso a la población a través de medios masivos de comunicación, literatura especializada, etc. Al comienzo del trabajo hicimos mención de un tipo específico de reduccionismo caracterizado por la argumentación cuantitativa y la descripción superficial. Generalmente pueden ser encontrados en ciertas escuelas de Economía, Administración, y en el campo de la producción técnico-científica --como es el caso del trabajo de Nicholas Negroponte, al que volveremos más adelante.
Todos estos caen en otras tantas formas de reduccionismo como, por ejemplo, ubicar a la tecnología como elemento motor del progreso humano, incurriendo en una explicación de tipo teleológica y con basamento metafísico, donde cabría pensar en una evolución histórica y unidireccional de la tecnología, la cual tarde o temprano terminaría por ser universal y accesible para toda la población.
Creemos interesante, a esta altura de la argumentación, ejemplificar este punto de vista con un extracto de una obra de un exponente de la Administración de Empresas de nuestro país, Dr. Ricardo F. Solana. Este autor señala que "[...] una de las fuerzas más importantes en los cambios históricos, [...] ha sido el cambio tecnológico. [...] En consecuencia, la tecnología juega un papel protagónico en la sociedad y en la economía. [...]"(36).
Una vez individualizado el fenómeno tecnológico como variable independiente --a nuestro juicio, a través de un concepto substancializado--, caracterizándolo como fuerza del cambio histórico, el autor se pregunta qué es específicamente la tecnología, y la define como "[...] el estado en que se encuentra el conocimiento aplicado acerca de una actividad. Como tal, constituye un conjunto de posibilidades o alternativas para acceder a nuevos productos y nuevos procesos de producción"(37).
No obstante, el autor vislumbra una cierta desagregación del concepto de tecnología, y aunque es sumamente impreciso y confuso, apunta que "[...] además de las tecnologías de producto y de proceso, la segunda mitad del siglo XX ha visto florecer una nueva tecnología intelectual, en la que se alinean desde disciplinas como la investigación operativa y la informática, hasta aplicaciones logísticas [...]"(38).
Es interesante observar dos elementos en este discurso: por un lado --y no obstante no tener en cuenta la segunda y cuarta dimensión analítica que desarrolláramos más arriba--, Solana señala que la tecnología no es sólo el objeto material, sino que también hay un saber tecnológico, al que él llama "tecnología intelectual". Pero, por otro lado, esta última parece privativa de un conjunto de personas que podríamos identificar como la tecnocracia, la comunidad científica, o --para el caso que Solana está estudiando-- los ingenieros de una planta industrial. En el propio discurso del autor subyace la idea --que, aunque él la naturalice, es totalmente pertinente-- de que hay un saber que está en manos de un determinado segmento de personas.
Finalmente, oscilando en la imprecisión entre distintas definiciones acerca de qué se entiende por tecnología, Solana cita a Peter Drucker --un teórico clásico de Scientific Management-- subrayando que "[...] «la tecnología no se refiere a las herramientas, sino a la forma en que el hombre hace las cosas» [...]"(39).
Sin embargo, a pesar de tener conciencia de una dimensión del saber, estos teóricos de la administración siguen encerrando su noción de la tecnología, por un lado, en tanto objetos --materiales o saberes científicos--, y por otro, como lo que se podría llamar "tecnología de punta", o de "última generación", haciéndola privativa de determinados actores sociales. Esto no es un simple error o ceguera conceptual ya que, precisamente, el Scientific Management constituyó su hegemonía en el pensamiento organizacional basándose en la expropiación del saber tecnológico de la mente de los obreros y concentrándolo en las manos de la tecnocracia(40).
Toda una noción evolucionista --ligada, a su vez, a una especie de idolatría y fetichización de la propia ciencia-- y alejada de los procesos sociales concretos, se evidencia tras un concepto reiteradamente utilizado por este autor: "progreso tecnológico"(41). En otras palabras, estas conceptualizaciones "[...] reducen la naturaleza de la tecnología a un tipo de racionalidad meramente instrumental que deslegitima toda consideración acerca de la naturaleza y del hombre; de la dimensión social y del lugar de los sujetos"(42).
En este sentido, entendemos que para pensar la tecnología, es necesario interrogarnos acerca de la naturaleza y la función social de la misma. Es decir, preguntarnos sobre los condicionamientos macrosociales a los que responde determinado imaginario acerca de lo tecnológico y la forma en que distintos grupos sociales utilizan tanto el saber tecnológico como su producto objetivado.
No obstante, y a pesar de este reduccionismo, Solana hace una distinción que es interesante mencionar ya que puede servir en nuestro análisis. Subraya que el "[...] progreso tecnológico evidencia dos modalidades distintas en su avance [...]:
--saltos estructurales, que configuran verdaderas rupturas con el pasado y dan lugar al paso de una generación de tecnología a otra;
--períodos de evolución gradual, en los que se produce un desarrollo por acumulación de conocimientos y experiencias"(43).
Según el autor, para viabilizar la primera de las dos modalidades es fundamental el aporte de la ciencia. Por el contrario, la evolución gradual requiere principalmente de dos factores: aprendizaje por experiencia ("ensuciarse las manos"), y masa crítica (conjunto de recursos cuya disponibilidad es necesaria para llevar a cabo una determinada innovación tecnológica)(44).
La distinción entre ambas modalidades de desarrollo tecnológico nos puede resultar útil en tanto --y esto no se desprende de la argumentación del Dr. Solana-- podríamos pensar que la primera modalidad, en lo referente a saberes y productos que denominamos normalmente "tecnología de punta", y en donde la ciencia tendría un papel fundamental, quedaría restringida a un grupo reducido de personas --técnicos y miembros de la comunidad científica--, mientras que la segunda modalidad, en tanto saberes y habilidades de distinto grado de complejidad --pero que no implicarían rupturas sino mejoramiento de lo preexistente--, podría hacerse extensiva a las prácticas cotidianas de un mayor número de personas. Sin querer, el propio Solana deja la posibilidad de pensar que no hay una sola tecnología o forma de desarrollo tecnológico.
El problema, en este sentido, radica en que el imaginario colectivo acerca de la tecnología --o lo que dimos en llamar imaginario tecnológico-- reduce la noción y su percepción de aquella solamente a la primera modalidad, siendo únicamente considerado tecnología lo que se llama "tecnología de punta" --en nuestro trabajo, Internet.
Ahora bien, que no aceptemos la idea de la existencia de una única línea histórica del avance tecnológico, y que pensemos en una heterogeneidad de ellas, no implica que debamos descartar de plano la idea de que en el desarrollo de "las" tecnologías pueda haber tanto progreso como una categorización en mejores y peores.
¿Cómo se mediría ese progreso? ¿Cuál sería el parámetro para decir que una tecnología es mejor o peor que otra? Deberíamos plantear la pregunta de otra forma: en primera instancia, este tipo de evaluación no se haría extensiva ni posible para todas las variables en juego en las que pensamos cuando definimos el concepto de tecnología. La categorización de mejor o peor únicamente entraría dentro de las dimensiones del saber tecnológico (know how) y del producto tecnológico (materializado). Esto es, habría que pensarlas como mejores y peores con respecto a qué y para quién.
Antes de continuar en el hilo argumental creemos pertinente efectuar una aclaración. Cuando analizamos la tecnología tomando como parámetro una racionalidad instrumental, somos conscientes que estamos restringiendo el campo de análisis a una dimensión que encubre el ámbito político y de la dominación. Como producción social e histórica la tecnología no es neutral, y no se reduce a la simple instrumentalidad --como señaláramos más arriba--. Sin embargo, este recorte nos puede servir para pensar cómo a un grupo le puede ser más o menos útil una tecnología determinada. Es decir, aquí lo vamos a utilizar con fines heurísticos. Sigamos ahora adelante.
"El «criterio de racionalidad tecnológica» o «principio de eficacia» es [un axioma] que determina el desarrollo tecnológico con la fuerza de una ley objetiva. La eficacia se mide en función del ahorro de tiempo o de capital invertido en la producción. Este cálculo se efectúa en forma unilateral, sin calcular entre los gastos la degradación ambiental, el costo social u otro tipo de consecuencias disfuncionales"(45).
En este punto nos vemos ante un dilema. Por un lado, sabemos que --tal como lo señalamos más arriba-- toda utilización de la tecnología y su medición en parámetros instrumentales conlleva una cosmovisión del mundo, es decir, no es la simple utilización de una técnica para un fin dado. Entonces, si cada tecnología implicara en el plano del imaginario una cosmovisión, ¿cómo podríamos comparar tecnologías habiendo tanta heterogeneidad en el imaginario colectivo?
No obstante, y dejando por un momento de lado el último interrogante, también puede resultar útil la comparación entre tecnologías. Por ejemplo, dentro de un mismo sector social, no sería en vano pensar que se puede hacer una mejor utilización de recursos, así como decir que tal tecnología es más eficiente que otra para un fin dado. Una persona que, por ejemplo, únicamente utilizará una computadora para redactar cartas y escribir monografías, ¿qué necesidad tiene de comprar un equipo de multimedia de última generación? Sin embargo, a la hora de acceder a su computadora se le dice que lo que él necesita es lo último que salió al mercado. Y no sólo eso: si quiere conseguir una computadora de una generación anterior es posible que ya no la encuentre porque fue sacada de circulación. Esto también cuenta para toda la gente que se conecta a Internet y no tiene la menor idea del fin con el que va a usar esa tecnología. De hecho, hay mucha gente que abre cuentas de correo electrónico y después no las utiliza, u otra tanta que se conecta a Internet con acceso a todos sus servicios y, tras un breve período de utilización inicial --a partir de la fascinación que produce la novedad--, termina dejándola a un lado por no encontrarle mayor utilidad.
¿Pero cómo podemos salir del plano de un relativismo absoluto sin caer, a su vez, en un reduccionismo al que nos puede guiar la mera concepción de la tecnología como instrumentalidad? En el momento de la práctica concreta, podemos optar por una postura media, que se abra al mundo de lo posible. Esto es --tal como lo señaláramos unas líneas más arriba--, utilizar la dimensión instrumental con fines heurísticos conociendo las limitaciones que tiene dicha noción.
Remitiéndonos, entonces, al ámbito de la instrumentalidad: ¿podemos decir que una tecnología es mejor que otra? Creemos que la respuesta es afirmativa en tanto utilicemos el mismo parámetro de racionalidad instrumental para compararlas, así como un fin específico. Esto es: tomando un mismo fin, ¿tal o cual técnica y/o tecnología, obtiene mejores o peores resultados? En otras palabras: los parámetros para comparar tecnologías estarían dados por los tres conceptos habitualmente utilizados tanta en las organizaciones como en lo que respecta a pensar en racionalidades instrumentales: eficiencia, efectividad y eficacia.
La primera implica un racional y económico aprovechamiento y utilización de recursos para un fin dado. El grado de eficiencia está dado por el nivel de utilización de los factores que intervienen en el proceso estudiado, tomando como base la tecnología con la que se cuenta. Por el contrario, la noción de efectividad no se preocupa ni de los medios, ni de su racional utilización, sino en el logro del fin establecido; lo importante es llegar al efecto. Eficacia, en tanto, remite a una coherente articulación en un mismo proceso de los otros dos términos.
Esta distinción nos permite comparar tecnologías, en tanto no nos limita a una sola de estas últimas, sino que a cada situación social podemos comprenderla en su especificidad. Esto es, partiendo de una tecnología dada --en tanto saber tecnológico y/o como objetivación material-- en un determinado grupo social, podemos hacer el intento de ver si éste está haciendo una eficiente, efectiva y/o eficaz utilización de aquel caudal tecnológico con el que cuenta. Un ejemplo puede ser, pensar si un sujeto está haciendo una eficiente utilización de las potencialidades que le ofrece Internet, y si realmente este tipo de tecnología le conviene o no. Esto estará muy ligado a sus condiciones de vida presentes y, en última instancia, nos remitirá nuevamente a la relación que el hombre tiene con la tecnología, en sentido amplio.
Habermas presenta un buen resumen de lo antedicho señalando que "[...] si se tiene, pues, presente que la evolución de la técnica obedece a una lógica que responde a la estructura de la acción racional con arreglo a fines controlada por el éxito, lo que quiere decir: que responde a la estructura del trabajo [...]"(46). Remarquemos el término "controlada por el éxito". Es allí donde, nuevamente, sí se hace pertinente la comparación entre distintas tecnologías. No estamos diciendo "buena" o "mala". Las categorizamos como "mejor" o "peor" para obtener un mejor resultado. En este sentido, también el término "éxito" debe ser despojado de su carga valorativa. Lo bueno o malo tiene que ver, por el contrario, con algo que podríamos conceptualizar como una quinta dimensión de la tecnología, la que abarcaría el aspecto político de ésta -- dimensión que, de por sí, estaría íntimamente ligado al imaginario tecnológico.
Pero así como no es homogénea la distribución social de los productos tecnológicos, tampoco lo es la de los saberes. La distinción esbozada en las líneas precedentes posee una virtud y una deficiencia: permite, justamente, no encerrarnos en un concepto homogéneo de técnica y tecnología pero, por otro lado, oculta la dimensión política e ideológica que no debe quedar por fuera de nuestra comprensión del fenómeno tecnológico. En otras palabras: no da cuenta de las formas que adopta la relación entre tecnologías hegemónicas y subalternas y, en última instancia, entre distintos sectores sociales. Sin embargo, no por ello debemos descartar aquel herramental teórico que, por otro lado, sí nos puede ayudar a pensar cierto aspecto del fenómeno tecnológico.
Ahora bien, decíamos que en este punto nos estamos remitiendo a la tecnología en su nivel instrumental sin adentrarnos en el plano simbólico del imaginario. Cuando, por el contrario, incorporamos esta dimensión, el fenómeno y su comprensión se complejizan. Tomemos un simple ejemplo: se podría pensar que es más racional para el posicionamiento de una persona de bajos recursos adquirir de alguna forma un equipo de audio que tenga varios años de antigüedad, con lo que se ahorraría dinero para gastar en otro tipo de mercancías que le resultarían más prioritarias para la subsistencia. Sin embargo, el hombre no es simplemente un ser económicamente calculador como muchas corrientes de pensamiento económico nos quieren hacer creer, sino que también es un ser simbólico, y todo su contacto con el mundo pasa necesariamente a través de ese entramado de creencias, valores y normas que constituyen la cultura. También va a querer prestigio; va a estar influenciado por los medios de comunicación; va a tener determinado imaginario tecnológico que lo va a hacer creer que ciertos objetos son tecnología y otros no, así como que hay una tecnología que es universal y deseable para todos.
Ahora bien, la tecnología --tanto entendida como relación social o como mediadora en la interacción social-- está íntimamente ligada a las múltiples relaciones de dominación que puedan darse en una sociedad. Cuando hablábamos de tecnologías hegemónicas y subalternas, no estábamos hablando de otra cosa que de la capacidad de un grupo social de imponer -- no en una forma intencionalmente planificada-- sus propias formas tecnológicas como las únicas y universales, transformándose esto en fuente de legitimación para una relación de dominación dada.
"El aumento de las fuerzas productivas institucionalizado por el progreso científico y técnico rompe todas las proporciones históricas. Y de allí extrae el marco institucional sus nuevas oportunidades de legitimación [...] las relaciones de producción existentes se presentan como la forma de organización técnicamente necesaria de una sociedad racionalizada"(47). Esto implica un proceso de universalización de una particular forma tecnológica. Tal vez, esto se pueda entender como una dimensión política de la tecnología, que sí está íntimamente ligada a la variable del imaginario tecnológico.
De esta forma, la fetichización y el extrañamiento del fenómeno tecnológico, así como la universalización de un paradigma, se transforman en fuentes de legitimación de una relación de dominación entre grupos sociales. Pero --reiteramos aquí-- esto no quiere decir que haya un sector de la población que tenga una concepción fetichizada y extrañada de la tecnología y otro que no.
Creemos que es altamente problemático el identificar en la relación tecnológica a un dominador y a un dominado con una clase social determinada. Si bien podemos pensar en términos de relaciones de dominación, el fenómeno del imaginario tecnológico es suficientemente complejo como para no ser encerrado en determinadas categorías. Podemos decir que dentro de las clases sociales hay una significativa heterogeneidad entre quienes poseen distintos saberes tecnológicos como, así también, concepciones acerca de la tecnología. Por otro lado, los distintos tipos de relaciones sociales que se pueden entablar --como la de dominación- - no necesariamente tienen que aparecer claros y transparentes a los ojos de los actores involucrados.
A la luz de las líneas precedentes, cabría repensar el fenómeno de Internet ya no simplemente como una red de computadoras interconectadas por servidores y sistemas de telecomunicaciones --con su respectiva modalidad de transmisión de datos, etc.-- sino como: una tecnología particular, construida histórica y socialmente, en la que participan por un lado los elementos materiales --hard, soft, etc.--, por otro, los sujetos sociales que se encuentran antes, durante y después del funcionamiento de esas máquinas, así como también, un imaginario tecnológico acerca de la misma y su lugar en el orden social, y sus implicancias como mercancía. Asimismo --y tal como lo indicáramos al comienzo del trabajo--, cabe repensar las consecuencias políticas que trae aparejado el uso de Internet en ciertos sectores sociales.
Sin sujetos y grupos sociales no hay Internet. Todo lo que circula por las pistas informáticas es producto de relaciones sociales y relaciones sociales en sí mismas, constitutivas de un orden social. No vamos a detenernos a analizar todas las consecuencias que de esto se deduce ya que cada una implicaría un trabajo aparte. Nos limitaremos aquí a dejar sentados algunos interrogantes y a ayudar a abrir ciertas puertas que deberán seguir siendo exploradas con posterioridad.
No resulta novedoso señalar que no toda la población mundial tiene acceso a La Red. Hay condicionamientos materiales-objetivos y simbólicos que hacen que un segmento de la población pueda incorporarse y aprehender esta nueva tecnología, mientras que otro quede por fuera de ella --más allá de que no sea rígido el límite entre ambos lados, y que aún quede mucha gente que, a pesar de no haberse conectado aún, está en posibilidades de hacerlo--. La riqueza de incorporar las otras dimensiones de análisis acerca de la tecnología nos permite, ahora sí, ver cómo aquellos que van quedando relegados de todo lo que implica Internet, van aumentando dentro de su imaginario colectivo la fetichización y el extrañamiento acerca de dicha tecnología, y esto va ayudando, a su vez, a crear dos subculturas paralelas. Subculturas no en un sentido rígido, estático y de identidad claramente definida --ya que es altamente problemático, hoy en día, hablar de identidad cultural en este sentido--, sino como un subsistema simbólico abierto y en construcción al que únicamente accede una parte de la población, conformándose, de este modo, dos discursos paralelos: el de los incluidos y el de los que quedan por fuera, quienes siguen manejándose con el discurso tradicional. Cabe recordar, a este respecto, la aclaración que hiciéramos en la introducción del nuestro trabajo acerca de la simplificación de la heterogeneidad de quienes componen la población de Internet.
A pesar de no poder llevar a cabo en nuestro trabajo este ejercicio, en lo que atañe al imaginario tecnológico --segunda dimensión de análisis acerca de la tecnología--, es interesante indagar el imaginario resultante de la unión entre, por un lado, la inmensa cantidad de material que circula por distintas vías acerca de las potencialidades de Internet y, por otro, el imaginario acerca de la tecnología --en sentido genérico-- que tienen aquellos sectores que no conviven cotidianamente con una computadora.
Nos interesa aquí replantear el tema de la inclusión y la exclusión de distintos sectores sociales con respecto a Internet. Más allá de los interesantes datos que Nicholas Negroponte nos presenta en su libro Being Digital, publicado en 1995, el autor parecería saltear sistemáticamente dicho problema. Una temática es percibida como problemática en tanto sea formulada como tal, ya que lo que para alguien puede ser un problema, para otro no lo es o, directamente, ni aparece en su discurso --como es el caso del citado autor.
Negroponte plantea que "[...] el 35 por ciento de las familias estadounidenses y el 50 por ciento de los adolescentes de ese país, tienen una computadora personal en su casa. Se estima que hay 30 millones de personas conectadas a la Internet; el 65 por ciento de las nuevas computadoras vendidas a nivel mundial en 1994 estaban destinadas al uso hogareño, y se espera que el 90 por ciento de las que se vendan este año [1995] tendrán incorporado un modem o una disketera para CD-ROM [...]. La tasa de crecimiento de esas cifras es pasmosa. El uso de un solo programa de computación destinado a «hojear» la red Internet, llamado Mosaic, creció un 11 por ciento por semana entre febrero y diciembre de 1993. También el número de quienes se están conectando a la Internet se está incrementando en un 10 por ciento mensual. Si esta tasa de crecimiento continuara (caso prácticamente imposible), en el año 2003 la cantidad total de usuarios de Internet excedería a la de la población mundial"(48).
Más allá de estar completamente fascinado por las cifras, el autor deja abierta esta última idea y no la desarrolla más; no responde por qué es prácticamente imposible que siga aumentando exponencialmente las conexiones a Internet hasta que superen la cuantía de la población mundial. Asimismo --tal como lo trabajamos en la introducción del presente trabajo --, cae en la trampa de su propia lógica cuantitativa. Si llevara hasta las últimas consecuencias su argumentación, se vería en un aprieto al momento de tener que explicar esto que deja sin respuesta.
Hay una serie de lugares en el libro en las que, sin embargo, Negroponte plantea --de una manera ingenua-- el tema de la inclusión y exclusión. Hay dos frases que lo ejemplifican muy bien. Una de ella es en el propio subtítulo de su trabajo: "El futuro ya está aquí, y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser". Parecería ser que, dentro de su imaginario tecnológico, habría lugar para pensar que la inclusión y exclusión pasaría simplemente por una elección voluntaria. Nuevamente la tecnología parecería escindida de la producción histórico social, como si fuera por un carril paralelo.
La segunda frase está casi al principio del libro: "Hay gente que se preocupa por la división social entre los «informados» y los «desinformados», los ricos y los pobres en información, el Primer y Tercer Mundo. Pero la división real cultural que se va a producir, será de tipo generacional"(49).
No estamos en desacuerdo con la idea de que vaya a producirse una división generacional entre los incluidos y los excluidos en la tecnología Internet. Pero eso no excluye los otros datos que Negroponte esquiva --a nuestro juicio, demasiado evidentemente--. Por un lado, hay que tener medios económicos para acceder a esta tecnología; por otro, hay que tener cierto caudal simbólico para poder apropiarla. El que carece de estos elementos, va quedando afuera.
Otros pasajes de su libro dan lugar a que nos preguntemos de qué mundo nos está hablando Negroponte. Tomemos algunos ejemplos: "[...] ambos cosas [el CD- ROM y America Online](50) son consideradas lo más natural del mundo por los niños [...]. La computación ya no sólo tiene que ver con las computadoras. Tiene que ver con la vida [...]. Las escuelas cambiarán [en el próximo milenio] transformándose en museos y salas de juego para los niños que armarán rompecabezas de ideas y tendrán intercambio social con otros niños de todo el mundo. El planeta digital parecerá del tamaño de un alfiler"(51). A esto se le debe agregar que siempre se termina en el mismo tipo de descripciones cuantitativas que señalábamos en la introducción de este ensayo: "En Octubre de 1994, más de 45 mil redes formaban parte de la Internet. Había más de 4 millones de procesadores centrales (con un crecimiento del 20 por ciento por trimestre) [...] en 1994, los usuarios eran de 20 a 30 millones. Estimo que para el año 2000, mil millones de personas estarán conectadas con la Internet. Esta suposición se basa, en parte, en que el crecimiento más rápido de centrales durante el tercer trimestre de 1994 se observó en la Argentina, Irán, Perú, Egipto, Filipinas, Rusia, Eslovenia e Indonesia (en ese orden). Todos estos países tuvieron un crecimiento de más del 200 por ciento en ese período de tres meses"(52). Nuevamente, Negroponte parece no tener intención de asumir los puntos oscuros de sus cálculos.
En el marco de la cuarta dimensión acerca de la tecnología --como relación social-- Internet muestra un nuevo rostro, en tanto diversas relaciones sociales y dinámicas del orden social que antes se daban por otros medios, ahora pasan a ser constitutivas de La Red. Esto se ve reflejado en distintos ámbitos que contienen las pistas informáticas y que le dan a estas últimas sus rasgos concretos: producción académica, publicidad, amistad virtual, sexo virtual, educación, relaciones de mercado, circulación de Capital, difusión ideológica, constitución de un lenguaje transnacional, etc. Todos ellos hacen a Internet, la cual no se reduce simplemente a las vías materiales de transmisión de datos. Esto es: así como un país no es sólo un territorio con habitantes sino, también, las relaciones sociales entre estos, las instituciones, formas de dominación, etc., tampoco Internet es meramente un conjunto de computadoras, sistemas de telecomunicaciones y software. No es una infraestructura que funciona a modo de punto inicial sobre lo que se erige todo el resto, sino que es el punto resultante de todo aquello; es todo lo que hay en ella como resultado, no como principio.
Si repensamos a Internet dentro de la lógica de progreso tecnológico esbozada en el parágrafo precedente --a partir de la distinción entre saltos estructurales y períodos de evolución gradual--, sostenemos que este tipo de tecnología constituye una ruptura con respecto a otras que la precedieron. En primer lugar, en lo que respecta a su dimensión objetiva, Internet se enmarca necesariamente dentro de las tecnologías de telecomunicaciones. En ellas introdujo un cambio sustancial en lo referente a la forma de transmisión de datos. Sin embargo, su significación no debe ser reducida simplemente a este nivel. Sus implicancias en otros ámbitos de la sociedad y sus potencialidades trascienden por completo aquel campo y por ello, justamente, sostenemos que la importancia de este salto dentro de las telecomunicaciones se ve exponencialmente incrementada --y de eso trata concretamente nuestro trabajo.
Ahora bien: en el ámbito de la transmisión de datos a distancia, el quiebre está en que, a pesar de utilizar vías y otros elementos preexistentes -- los que pueden ser también utilizados para otros fines más allá de Internet--, no consistió sólo en una mejor utilización de estos (eficientización en el aprovechamiento de los mismos), sino en una nueva modalidad en el tipo de transmisión de datos y de software comprendido. Por otro lado, en el ámbito del sistema de telecomunicaciones, Internet representó una ruptura significativa con respecto a lo que era el carácter netamente centralizado de los flujos de información hasta ese momento. Es por todo esto que no pensamos a aquella dentro de la lógica de una evolución progresiva dentro de las tecnologías de telecomunicaciones --la que, sin embargo, sí se estaría dando en la actualidad, manifestándose en el mejoramiento y la optimización de esta tecnología-- , sino como un salto estructural y una ruptura con respecto a las formas preexistentes.
En este sentido, por más que el saber tecnológico referente al diseño a nivel macro --salto estructural-- de esta tecnología estaría en manos de élites científicas agrupadas en las grandes empresas multinacionales de informática, tanto el propio carácter descentralizado que asumen las redes que conforman Internet, como el tipo de software utilizado, permiten que gran parte de la evolución gradual ya no quede únicamente en manos de esos grupos científicos, sino que se distribuya por una amplia gama de sectores tales como pequeñas empresas, técnicos independientes, usuarios que posean un cierto conocimiento acumulado, etc.
Aunque somos conscientes que de lo precedente se pueden deducir muchas otras conclusiones, no es nuestra intención aquí, ni incursionar en temas de carácter técnico, ni agotar toda la problemática acerca de Internet como tecnología. Simplemente dejamos abiertas ciertas puertas para posteriores indagaciones. Proponemos avanzar en nuestro trabajo hacia otros ámbitos en los que creemos pertinente echar cierta luz, reflexionando acerca de las consecuencias que esta tecnología tiene para la vida cotidiana de quienes están conectados y para quienes no lo están.
Al pensar en el ámbito de lo público y su articulación con las esferas de la vida privada de cada individuo, no podemos obviar el detenernos a hacer una breve reflexión acerca de las categorías de espacio y tiempo, y del posicionamiento que en y a partir de éstas, adoptan los sujetos y los grupos sociales.
Con respecto al concepto de tiempo, creemos pertinente analizarlo en dos dimensiones complementarias y que no pueden ser excluidas. En primer lugar, haremos una reflexión acerca de la relación que el hombre ha venido teniendo con el tiempo y el espacio a lo largo de la historia hasta el presente, en tanto tiempo y espacio universal y único. En este punto abordaremos el concepto de tiempo sólo desde una perspectiva genérica, poniendo acento en el pasaje de lo universal --y el estallido de éste-- a lo particular, con sus implicancias sociales. Pero este análisis quedaría incompleto si no incorporáramos la segunda dimensión que implica que, a pesar de que hasta el presente podíamos hablar de un tiempo universal, se hace esencial distinguir entre distintas formas en que la sociedad lo ha venido concibiendo y organizando. Son muy distintas las formas de organización social en torno a un concepto de tiempo cíclico, a un tiempo lineal teológico, o a un tiempo lineal antropocéntrico. Nuestra intención, al desarrollar la segunda dimensión, es reflexionar acerca de si la tecnología Internet pone en cuestión la concepción moderna --que viene del mismo Iluminismo-- de tiempo lineal antropocéntrico. Si ese es el caso, observar qué nueva configuración adopta dicho concepto en el presente. La temática de este apartado constituye un elemento central que nos permitirá retomar la problemática de lo público y lo privado a partir de la incorporación de Internet a importantes segmentos de la población.
Durante siglos, el hombre ha organizado su existencia en y a partir de nociones de espacio y tiempo que se le imponían de forma tal que él debía encajar en un universo preexistente que le ponía límites y lo encuadraba. El hombre acomodaba sus tiempos y su actividad a esas fronteras que él no había creado(53).
De esta forma, el cuerpo y su ubicación en espacio y tiempo cobraba una significación irremplazable en el campo de la interacción (no la única). Esto es: dentro de la organización social del tiempo y el espacio, el lugar que ocupaba el cuerpo tenía sus límites y esto era un factor de relevancia en la constitución de ciertas relaciones sociales que tenían consecuencias sobre el conjunto. De hecho, no es posible pensar la constitución de un orden social sin las categorías de espacio y tiempo. Y si bien durante un período eran los Dioses o un Dios el que ubicaba a los hombres en dichas categorías, y después es la misma humanidad la que las construye y modifica, siempre vamos a estar hablando de aquellas como universales, en tanto no particulares de cada individuo. Asimismo, por más que en la Premodernidad hablemos de diversas nociones de tiempo simultáneas --"tiempo de la Iglesia", "tiempo del mercader", "tiempo del campesino", etc.-- siempre estamos pensando en tiempos comunes para una población. El Iluminismo --y su culto a la Razón-- y la Modernidad en sí, traen la universalización definitiva de ciertos parámetros espacio-temporales a partir de la matematización de la naturaleza --proceso que ya venía desarrollándose desde antes y que alcanza su máximo exponente en el trabajo de Newton--; parámetros a partir de los cuales las "sociedades modernas"(54) se pensarán a sí mismas. Pero este tema será tratado en el punto siguiente.
Creemos pertinente detenernos aquí para hacer una salvedad. Esta noción ac