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TIEMPOS MODERNOS por SANDRA BUCCAFUSCA |
Compañeros, os decimos ahora que el triunfante progreso de la ciencia hace que los cambios en la humanidad sean inevitables, cambios que están abriendo un abismo entre los dóciles esclavos de la tradición y nosotros, los modernos libres que confiamos en el esplendor radiante de nuestro futuro
Manifiesto of the futurist painters, 1910 de Umberto Boccioni
Mientras fuera de casa el mundo parece cada vez más hostil, mientras los massmedia nos inculcan que la inseguridad creciente no se combate con políticas sociales sino con la adopción de una actitud pasiva, individual y protectora que se basa en quedarnos frente al televisor para ver el mundo pasar delante nuestro a través de imágenes, como si no fuéramos parte de él, la gran tentación es Internet.
Internet se nos aparece como la gran posibilidad de participación desde un ámbito privado, como la posibilidad de construir lazos sociales sin riesgos ni exposiciones, pero para que podamos pensar y sentir en estos términos se hace imprescindible reinterpretar el sentido de lo público y lo privado, si se quiere, de manera arbitraria.
Por ejemplo, si redefinimos lo interior como exterior, la ausencia como presencia, y si pensamos el espacio abstracto como el espacio cartesiano tridimensional, nada impide que declaremos que la tecnología es nuestra nueva naturaleza. Pensar en este sentido permite que quebremos nuestras defensas y sintamos que no estamos solos. Pensar que cuando lo virtual se convierte en real, la computadora pasa a ser nuestra ventana hacia el mundo, un mundo que deja de parecerse al que sigue vivo fuera de los límites privados. En este nuevo mundo virtual no hay violencia ni excluidos, no hay SIDA, no hay injusticia ni corrupción, no hay gobiernos sometidos ni Fondo Monetario Internacional.
¿ O sí? ...
Cuando la técnica es entendida como un instrumento para sustentar el optimismo tratando de posicionarse al margen de la ideología y el conflicto, o más aun enfrente de ambos, adopta un aparente criterio de neutralidad y transparencia. Lo que sucede de este modo es que la tecnología comienza a construir su propio discurso, ideológico por cierto, ya que no solo escribe su propia historia sino que se expresa como una sucesión de fenómenos que hacen que el hombre, definido en relación con la máquina, triunfe por sobre la naturaleza. Por lo tanto, si adoptamos estos criterios optimismo, progreso y tecnología conforman una tríada inescindible[1].
Ahora bien, si pensamos en base a estos términos nos estamos olvidando de que la tecnología no se crea por sí misma, de que la técnica es expresión de ideologías dominantes, entendiendo que siempre está al servicio de algo o de alguien y que puede convertirse solo en apariencia- en ideología dominante por sí misma, dejando de lado la razón humana y tomando una entidad propia que justificaría el fin de las ideologías y por que no de la historia.
Partiendo de esta premisa acerca de cómo debe entenderse la tecnología, es que intentaremos abordar básicamente tres campos: En el punto I nos referiremos a las transformaciones que el concepto de espacio ha ido desarrollando a lo largo del proceso histórico-social del hombre, haciendo hincapié en procesos de ruptura y cambio como lo fueron la Revolución Industrial y la Revolución Tecnológica.
En el punto II trataremos el impacto que sobre la vida cotidiana de los sujetos, impone el concepto de espacio, contraponiendo las posiciones que al respecto adoptan Castells y Giddens, que lejos de ser contradictorias, serán consideradas como complementarias dentro de un mismo imaginario social contemporáneo.
Se incorpora así la dimensión política que consideraremos intrínseca a la tecnología aplicada. A partir de entender la tecnología fuera del campo de neutralidad política, llegamos al tercer punto de análisis, partiendo de una pregunta: ¿las nuevas técnicas y la redefinición del espacio nos posibilitan la superación de viejos problemas sociales?.
Por último, se tratarán de vincular los efectos producidos por la revolución tecnológica, desde una perspectiva microsociológica. Nos referimos a la construcción de identidad o, si se quiere, a la potencial construcción de identidades simultáneas que nos permite la informática así como a sus consecuencias, tanto en los sujetos individuales como colectivos.
I. La historia del hombre a través de prefijos
¿Cómo internalizaron los hombres y mujeres de un pasado reciente y no tan reciente, la imagen del espacio planetario? Probablemente, la noción de espacio estaba vinculada con lo físico, con la naturaleza tangible y visible. Ríos, mares y océanos configuraban espacios naturales y por lo tanto vivos, que conformaban barreras y simultáneamente caminos para la comunicación de los sujetos.
En este sentido, el mundo aparecía como pequeño e inconmensurable al mismo tiempo. Pequeño porque los sujetos, nacían, se desarrollaban y morían en un mismo espacio y porque desconocían la existencia de otros, como consecuencia de la imposibilidad de trascender espacios limitados por las capacidades o incapacidades técnicas. Esto es lo que hacía que el espacio fuera también inconmensurable y por que no, infinito.
Pero ¿qué sucedió cuando el hombre se hizo moderno?. Nos identificamos con Marx cuando dice: Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas[2].
Las características de la vida moderna barrieron velozmente las modalidades tradicionales del orden social, no sin resistencia por parte de éste y no sin que se sostengan algunas continuidades. Observemos por ejemplo la disfunción social, política e institucional que existe entre la vida rural y la vida urbana durante la Primera Revolución Industrial. Hacia fines del siglo XVIII, se produce el surgimiento y la aplicación de tecnologías nuevas como la máquina a vapor y la hiladora mecánica, ambos aparatos reemplazaban las herramientas manuales de producción y reducían la cantidad de trabajadores necesaria para cubrir un determinado nivel de producción e incrementaba la necesidad de capacitación de quienes trabajaban en el ámbito fabril.
Karl Polanyi se refiere a la Revolución Industrial y a los cambios que produjo no solo en cuanto al progreso técnico que significó la aparición de nuevas herramientas sino a la dislocación que acompañó a los sujetos. Esta Revolución fue el principio de un período materialista que creía que todos los problemas tenían una solución económica. La característica principal fue el establecimiento de la economía mercantil que cambia el eje de atención de la sociedad. El problema de la subsistencia es reemplazado por el de la ganancia que no está ya garantizada por el Estado sino que depende del nivel de precios que determine el mercado.
En este tiempo el sujeto se individualiza y se reconoce, por ello se encuentra bajo la necesidad y la exigencia de crear nuevos valores e ideas que expresen las nuevas cuestiones filosóficas y epistemológicas que la etapa naciente requieren.
Convengamos que el orden social que emerge de la Modernidad es el capitalismo constituido e instituido como sistema económico, político y social.
La dinámica de la modernidad capitalista deviene de la separación del tiempo y el espacio y de su redefinición. Para comprender esta preposición es necesario reconocer cual era la relación espacio-tiempo en el mundo previo.
Las culturas premodernas se desarrollan en un contexto general donde se prioriza la fiabilidad localizada, en función de cuatro niveles: las relaciones de parentesco como mecanismo estabilizador de los vínculos sociales a través del espacio-tiempo; la comunidad local como lugar que proporciona un entorno familiarizado, las cosmologías religiosas como modos de creencias y prácticas rituales que proveen una interpretación providencial de la vida de los sujetos y de la naturaleza y la tradición como intemediaria entre pasado y futuro.
Giddens describe a las sociedades premodernas partiendo de la asimilación que hacían de las dos categorías a las que estamos refiriéndonos, esto es tiempo-espacio: El cuando estaba universalmente conectado al donde o identificado por los regulares acontecimientos naturales[3]. Así es que el tiempo se nos presenta como un presente continuo, en el cual el pasado se incorpora a través de las prácticas tradicionales presentes que van a tener continuidad en un futuro rutinario, pero no a partir de una simple costumbre sino como la manera de simbiotizar tiempo y espacio a través de la naturaleza de las actividades vitales. Por ello es que hay que desterrar la idea de que los rituales y las tradiciones de este período se imponen compulsivamente a los sujetos, muy por el contrario, estas categorías son las que contribuye a otorgarles identidad ontológica.
Esta simbiosis ha sido denominada por otros autores como tiempo circular en oposición al tiempo lineal que surge con la homologación mundial de los calendarios y con la clara distinción entre fuerza de trabajo y medios de producción.
Si bien siguen existiendo distintos años nuevos, vinculados a creencias religiosas, a escala mundial se utiliza un mismo sistema de datación. Recordemos la importancia que se le dio al Año 2000 en todos los países del mundo dejando de lado tradiciones locales y religiosas.
Pero si bien es innegable que con la Modernidad se standariza el tiempo, lo importante de esto es que se empieza a desarrollar la noción de espacio vacío, que para Giddens debe entenderse en términos de la separación del espacio y del lugar.
¿Por qué Giddens no entiende como sinónimos espacio y lugar?, porque cuando dice lugar está haciendo referencia a asentamientos físicos situados geográficamente, en estos lugares localizados físicamente la construcción de relaciones sociales se realiza necesariamente por la interacción de los sujetos cara a cara. Por el contrario la noción de espacio permite y fomenta la relación entre sujetos ausentes, esto es localizados a distancia, en diferentes lugares físicos. Es esta condición la que permite configurar la idea de espacio vacío que es la que permite desvincular la relación social anclada en contextos presenciales.
Dentro de este marco histórico y filosófico se producen las dos revoluciones industriales, tal como han dado en llamarlas muchos historiadores.
De la Primera ya hemos hecho referencia. La segunda, producida entrado el siglo XIX, desarrolló la industria a través de la electricidad, el acero y las comunicaciones.
Según Castells es correcto llamarlas revoluciones puesto que transformaron drásticamente los procesos de producción y distribución, porque surgieron nuevos productos y porque se producía una nueva relación de fuerza entre países. Los que poseían estas tecnologías quedaron ligados a intereses de dominación que pueden desagregarse en dos niveles: por un lado las ambiciones imperialistas de estos países sobre aquellos más atrasados y por otro las ambiciones de expansión y poder entre potencias tecnológicas.
No es nada nuevo decir que este proceso revolucionario, si se nos permite la paradoja, surge en Inglaterra y como un efecto dominó se expande a un grupo limitado de naciones de Europa Occidental y a Estados Unidos.
Tampoco es nuevo afirmar que estas revoluciones provocaron la reestructuración de las relaciones sociales tradicionales a través de conflictos sumados o producidos por el carácter nuevo de la reflexión de los sujetos. Como vimos, en el mundo premoderno las prácticas sociales se basaban en la tradición, lo cual las inhibía de dinámica ya que estaban atadas a valores y costumbres del pasado. A partir de la Modernidad, no es que hayan desaparecido las tradiciones sino que estas adquieren un carácter mucho más flexible y por tanto menos significativo. La vida social moderna es constantemente interpelada por los diferentes actores sociales y reformulada como consecuencia del avance de los conocimientos y de los descubrimientos. Lo mismo ocurre con las relaciones sociales que se reorganizan en función del desanclaje, entendido como el despegue de dichas relaciones de sus contextos locales de interacción y su reestructuración a partir de intervalos espacio-temporales.
Llegamos así al siglo XX, período que el historiador Eric Hobsbawm[4] define como el más extraordinario de la historia. El de los dolores más arbitrarios y espantosos, en el que han muerto más de 200 millones de hombres, mujeres y niños. Sin embargo, reconoce que este siglo fue el de los más importantes progresos en la historia de la humanidad. Durante 100 años se han vivido cambios revolucionarios pero al mismo tiempo este siglo ha sido la época de auge la desigualdad entre países ricos y países pobres y esto se expresa claramente en la desigual inserción de la revolución de las comunicaciones. Los milagros de la tecnología son inaccesibles para la mayoría de los sujetos. Todavía hay menos de dos teléfonos por cada cien habitantes de la India que tiene aproximadamente cien millones de habitantes. Hay más del doble de teléfonos en Canadá que en todo el continente africano. Sin embargo la televisión y la informática ponen todo el mundo al alcance de las poblaciones más lejanas. Esto no es más que la expresión de la diferencia que Anthony Giddens efectúa entre espacio y lugar.
La llamada Revolución de la Tecnología aparece en este contexto descripto por Hobsbawm, difundiéndose a nivel planetario aproximadamente en la década del 70, cuando el software para computadoras fue adaptado para que se simplificara su uso y con ello se transformara en productos de consumo masivo.
¿Debemos pensar entonces que con la Revolución Tecnológica se inicia un nuevo período histórico, con características constitutivas diametralmente opuestas a las que se construyeron durante la Modernidad?. Este período suele denominarse postmodernidad y se lo ha vinculado con el fin de la historia.
Nos atrevemos a deshechar este concepto ya que entendemos que la historia debe usarse para hacer historia, inclusive la historia entendida como una cronología de hechos aislados y no de procesos expresa una forma específica de codificar tiempo y espacio.
Por ello es que siguiendo a Emilio Cafassi, pensamos que el uso de prefijos anunciatorios post, neo, re- solo ocultan el vacío conceptual en el que está sumergido este tiempo, tras un recurso gramatical débil que contiene ausencia de lo ya aprehendido.
Marshall Berman dice con respecto a la forma en que Marx y Nietzche experimentaron la Modernidad que seguramente ellos comprendan este período por el que estamos transcurriendo mejor de lo que lo comprendemos nosotros mismos y que en este sentido, recordar a estos hombres del siglo XIX que pensaron en la Modernidad como una totalidad en un momento en que sólo una parte del mundo ere verdaderamente moderna, podría ayudarnos a volver a las raíces de la cultura moderna: Apropiarse de las modernidades de ayer puede ser a la vez una crítica de las modernidades de hoy y un acto de fe en las modernidades y en los hombres y mujeres modernos- de mañana y de pasado mañana[5].
Pensar como Berman no significa que rechacemos las transformaciones que se suceden cada vez más vertiginosamente y que incluyen nuevas formas de relaciones sociales, lo que queremos decir es que con la sobreabundancia de prefijos -que Cafassi da en llamar cambalache categorial- se hace hincapié en las formas de los cambios y no en los contenidos y las consecuencias que estos cambios revolucionarios producen.
En este sentido, como propone Berman, el retroceso puede ser una manera de avanzar. Si nos detenemos en los pensadores del siglo XIX observamos que entablaron una lucha cuerpo a cuerpo contra las ambigüedades. Su creatividad radicaba en el entusiasmo que ponían al construir contradicciones analíticas, probablemente por ello es que no se les ocurrió utilizar categorías viejas cambalacheadas con prefijos.
Por lo tanto podemos pensar que el uso de los prefijos no es solo producto de la falta de imaginación de los intelectuales que los incorporan al lenguaje académico. Esto sería simplificar la cuestión.
A nuestro entender el uso del prefijo denota la profundización en algunos casos, y la reivindicación en otros, de procesos histórico-sociales previos.
Tomemos como ejemplo el significado que se le otorga a neoliberalismo, neonazismo y con esta misma lógica al postmodernismo. No profundizaremos sobre el contenido de los dos primeros conceptos, en cambio trataremos de explicitar qué entendemos por postmodernidad y cuales son nuestras objeciones al concepto tradicional.
La Postmodernidad nunca ha podido definirse por lo que es sino por lo que no es, o mejor dicho por lo que ha dejado de ser. Las categorías negativas contienen una contradicción intrínseca: deben sustentarse necesariamente en su valor positivo. Por ello es que adoptamos el criterio de Giddens, quien prefiere adoptar una denominación alternativa, no para diferenciarse desde el mero aspecto gramatical sino para establecer una distinción conceptual.
Giddens llama a la postmodernidad Modernidad Radicalizada, ya a partir de la nominación se puede rechazar la idea de pensar en una nueva etapa histórica, por el contrario lo que se ve es que las características modernas se profundizan a través de los simultáneos procesos de fragmentación y globalización, por la percepción de que las identidades no se desmembran sino que se autoreflexionan. En definitiva define a la postmodernidad como posibles transformaciones que van más allá de las instituciones de la modernidad pero que no por ello modifican su sustrato ontológico.
Este sustrato se basa en la naturaleza fuertemente competitiva y expansiva de la empresa capitalista, que estimula el desarrollo tecnológico, en que la esfera económica no solo se distancia de la esfera política sino que influye considerablemente sobre ella y también en una dimensión institucional: el control de los medios de la violencia, herramienta de los Estados Nacionales e incluso de las dictaduras. Otro punto importante es el carácter intrínsecamente globalizador del capitalismo que ya se observa en el período del imperialismo de fines del siglo XIX hasta mediados del XX. Por lo tanto podemos concluir que las características que suelen atribuirse al postmodernismo no son más que las que constituyen a la Modernidad.
II. ¿El comienzo de una historia virtual?
En virtud del proceso de transformación del concepto de espacio que hemos analizado en el punto precedente, observamos que cada una de las transformaciones están, directa o indirectamente, vinculadas a cambios tecnológicos. En este sentido, es lógico reconocer posiciones teóricas que o glorifican o denostan el progreso tecnológico.
Tomemos por caso lo dicho por McLuhan en 1964: el ordenador promete, mediante la tecnología, una condición pentecostal de unidad y comprensión universales. El siguiente paso lógico parecería ser la superación de los lenguajes en aras de una conciencia cósmica general. La condición de ingravidez que a decir de los biólogos promete la inmortalidad física, tal vez sea paralela a la condición de mudez que podría conferir una perpetuidad de paz y armonía colectivas.[6]
¿Qué queda en nuestros días de esta interpretación que glorifica a la tecnología y que parece no prestar atención de las modificaciones que los conceptos de espacio y tiempo sufren debido a la incorporación de la informática en la vida cotidiana?.
Pareciera que muy poco, ya que de acuerdo al análisis realizado en los puntos anteriores vemos que las dimensiones tiempo y espacio son fundamentales en el desarrollo del hombre como sujeto histórico. En este sentido, la visión que aporta Castells es original cuando afirma que el espacio organiza al tiempo en la sociedad real[7] pues se está desprendiendo de las teorías clásicas que vinculan tiempo y espacio y que le otorgan a la categoría temporal una entidad superior que a la espacial.
Pero, ¿cuál es el impacto que se produce en la cotidianeidad de los sujetos si se interpreta el espacio a partir de la afirmación de Castells? La respuesta exige recurrir a la microsociología, a la vida cotidiana de los individuos en un espacio concreto, en un lugar.
La tecnología aplicada a las comunicaciones permitió desvincular el lugar tal como ha sido definido en páginas precedentes- de las actividades cotidianas de los sujetos. Y es justamente esta situación la que produce un impacto constitutivo en la construcción de nuevas relaciones sociales. Trabajo, mensajes, educación, entretenimientos, salud e incluso relaciones sexuales, son variables que se transformaron a partir de la revolución informática y particularmente a partir de la Internet. Quizá más que decir que se transformaron debiéramos decir que se expandieron bajo formas nuevas: teletrabajo, e-mail, eduación a distancia vía Web, juegos electrónicos, etc.
Muchos temas pueden debatirse o suscitar polémica con respecto a la Internet, lo que pareciera no dar lugar a discusión es que evidentemente alteró la vinculación entre los sujetos e inclusive entre sujeto y máquina. Pensemos un poco esta última afirmación, a pesar de tener que hacer un punto y aparte en la discusión original.
Inicialmente el vínculo hombremáquina podía presentarse como solitario y unilateral, sin posibilidad de construir lazos y espacios sociales nuevos. Efectivamente el operador de una PC, el usuario, sentía a la máquina con toda su carga tecnológica como una sofisticada herramienta que facilitaba sus actividades utilitarias y recreativas.
Se planteaba una relación asimétrica, por la cual el hombre hasta temía la supuesta capacidad de un aparato de alta tecnología en función de que conocía su uso, pero desconocía su espíritu. En el imaginario social la PC de uso doméstico o laboral adquiría a partir de esta forma inconciente cierta corporidad, aunque paradójicamente no dejaba de ser un instrumento.
Con la llegada del sistema de redes se produce un contraste si se quiere metafísico, pues ese usuario solitario se transforma en un potencial miembro de un creciente mundo virtual. Como consecuencia de su nueva condición va a tener la posibilidad y la capacidad de generar vínculos que, no por nuevos deben dejar de considerarse sociales. Entonces, pareciera que es a partir de este momento y no en la instancia anterior, cuando la PC cobra una entidad superior ya que no solo puede utilizarse como herramienta sino como mediadora en la construcción de relaciones sociales.
Cuando decimos mundo virtual nos estamos refiriendo a una categoría espacial que no se diferencia conceptualmente de la otorgada en líneas anteriores, sino que hacemos referencia a la fragmentación entre un espacio real y otro que denominamos virtual, ambos aparecen como categorías sino contradictorias complementarias y, lo más importante ontológicamente diferentes. Entonces esta profunda diferenciación exige que la dimensión espacial sea redefinida en función de su fragmentación. Cuando a partir de este criterio hablemos de espacio real haremos referencia al espacio físico, geográfico, ligado al lugar definido por Giddens, mientras que cuando nos refiramos al espacio virtual estaremos hablando de un espacio no físico, ligado al conocimiento y a la tecnología.
La distancia tradicional creemos que debe ser pensada en función del lugar en que nos posicionamos en la interface. La pregunta es: cuando interactuamos a través de una PC ¿estamos frente a la pantalla o dentro de ella?. Si nos situamos en frente pensamos desde un espacio real, si nos situamos dentro pensamos desde un espacio virtual o cyberespacio. Pero también podemos suponer que el límite entre un espacio y otro es difuso, habida cuenta que los definimos en función de una fragmentación de un espacio al que podríamos llamar original, porque no necesariamente ocupamos como sujetos uno u otro, por el contrario, siempre nos situamos en ambos, con lo cual puede pensarse que estamos en un margen, al borde de un precipicio difícil de definir que separa lo real de lo virtual.
Siguiendo esta misma lógica es que si bien decimos que lo real y lo virtual no son lo mismo, cierto es que el vínculo con la máquina es efectivamente real. La relación con la tecnología ya no puede entenderse como la unidad asimétrica que conforma el hombre con un aparato, donde es el hombre el que domina la técnica y ordena a un equipo las funciones que debe cumplir según una programación previa que otro o el mismo sujeto ha establecido.
Actualmente y sobre todo a partir de Internet, este vínculo puede pensarse como una relación uno a uno, no porque la máquina se haya vuelto inteligente sino porque representa el acceso a un espacio virtual, porque esta representación de la realidad a través de la máquina amplía y transforma el espacio real.
En el mundo virtual quedan anuladas las limitaciones del mundo físico: volar, cambiar de forma, color o género, aparecer o desaparecer son acciones posibles. Son estas posibilidades las que parecen otorgar un poder total al usuario dentro de un espacio diferente. Este poder, diría Faucault, tendría que pensarse fuera del modelo de Leviatán, desde fuera del campo delimitado por la soberanía jurídica y por las instituciones estatales.
Nos preguntamos entonces ¿en el mundo virtual, el poder está en todas partes? O en palabras de Faucault: no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes.[8] Pareciera que en la Internet no hay una oposición binaria entre dominantes y dominados. No se distingue claramente la contradicción entre, por ejemplo navegantes de la red y propietarios de sites. Ambos pueden ser las dos cosas al mismo tiempo.
Se podrá decir que las fuerzas productivas capitalistas se infiltran a pesar de todo, y es cierto. Nos acosan con publicidad que no pedimos, con mensajes basura que se cuelan en nuestras casillas de correo ofreciéndonos servicios de toda clase y valor, pero no obstante ello, nos atrevemos a pensar que el vínculo no puede definirse claramente como de dependencia. No obstante, esta situación es tan nueva que solo la evolución de los sistemas de comunicación y los efectos que se produzcan en los sujetos, nos permitirán, en el futuro, tomar una posición más firme al respecto.
No olvidemos que la Internet crece exponencialmente día por día y que por ello hacer afirmaciones conclusivas sería no solo apresurado sino teóricamente irresponsable.
Lo que efectivamente podemos observar es que cuando navegamos por la Web tenemos la capacidad y la libertad de elegir los sites que visitamos, opinar sobre sus contenidos y más aun, construir nuestras propias páginas e incorporarlas a la red, en este sentido ¿por qué no pensar el poder en términos foucaultianos?. Si incluso somos potencialmente capaces de ejercer una forma de resistencia política al sistema, desde nuestro pequeño lugar, frente a la máquina, tenemos el poder de clickear y rechazar la publicidad que se nos aparece sin pedirnos permiso, podemos hacer cadenas de mensajes solidarios u organizar o adherir a huelgas cibernéticas para que las empresas telefónicas disminuyan las tarifas que nos permiten conectarnos.
No obstante, esta supuesta expresión de micropoderes no se presenta de manera anárquica, no está inhibida de reglas y normas dentro de la realidad virtual. Estas reglas son las que determinan particulares tipos de socialización y de construcción de lazos.
Tomemos por caso los chats. Esta forma de comunicación vía Internet que se realiza en tiempo real presenta en general reglas de comportamiento que los participantes deben respetar. Entre las más comunes figuran: no escribir texto con tipografía en mayúscula ya que es considerado un insulto, redacción breve, lenguaje no grosero, etc. También se incorporaron símbolos para expresar estados de ánimo o sentimientos. Pero quizá lo más interesante de esta forma de conversación es la posibilidad de que los sujetos protejan su identidad tras un nickname o apodo que impide a sus interlocutores conocer su verdadera identidad o mejor dicho su identidad física real.
A pesar de esta construcción simbólica a través del nick, la identidad que se construye supone realidad no virtual puesto que es el pensamiento concreto del sujeto el que la fabrica. También es real la existencia de otros con los que un usuario se vincula, aunque su existencia puede ser que nunca la compruebe físicamente, cara a cara.
Podemos decir entonces que la realidad, mundo o espacio virtual siempre es social. Retomando a Castells el espacio puede ser definido como la expresión de la sociedad, puesto que nuestras sociedades están sufriendo una transformación estructural, es una hipótesis razonable sugerir que están surgiendo nuevas formas y procesos espaciales [el espacio es]el soporte material de las prácticas sociales que comparten en el tiempo.[9]
En otras palabras, es en el espacio donde se encuentran relaciones sociales simultáneas en el tiempo, es por ello que en la relación constitutiva tiempo espacio, este último adquiere una entidad superior, en términos de Castells.
Este pensador da un paso más allá. Reconoce una forma particular de espacio, el espacio de los flujos, entendiendo por flujo las secuencias de intercambio e interección determinadas, repetitivas y programables entre las posiciones físicas inconexas que mantienen a los actores sociales en las estructuras económicas, políticas y simbólicas de la sociedad.
La descripción de este espacio de los flujos comprende tres niveles analíticos, el primero corresponde a la microelectrónica, a las telecomunicaciones, a los procesos informáticos. Es decir corresponde a todo lo que se refiera al soporte material y tecnológico. Observamos que Castells define este nivel como una forma espacial que no está relacionada a un lugar físico determinado, que queda desplazado de la infraestructura tecnológica entendida como nuevo espacio.
El segundo nivel se desprende del primero pues, el espacio de los flujos tiene necesariamente un lugar, debido a que el sistema de redes vincula regiones físicas, culturales y sociales particulares.
El tercer nivel es de carácter político pues Castells reconoce que las sociedades responden a intereses específicos, del mismo modo el espacio de los flujos traduce dichos intereses.
III. Nuevas técnicas, viejos problemas
Entonces si estamos en presencia de una nueva forma de entender el espacio, podríamos preguntarnos si esto permite la superación de problemáticas sociales vinculadas a la dominación. Por lo expuesto nos atrevemos a decir que las nuevas tecnologías en realidad lo que hacen es revivir viejos problemas, aunque bajo la máscara del avance tecnológico.
Cuando se repasa globalmente la situación de la humanidad a comienzos del siglo XXI, saltan inmediatamente a la vista ciertos problemas de gravedad, que son focos de tensión permanente, y en los que, de una manera u otra las nuevas tecnologías surgidas de la revolución tecnológica se hallan profundamente implicadas.
Si confeccionamos un listado de cuestiones esenciales en forma de contradicciones bipolares veremos que a ninguna de ellas le resulta ajeno el tema de las nuevas tecnologías. Guerra/paz, norte/sur, sociedad política/sociedad civil, industrialización/naturaleza, globalización económica/diversificación cultural, centro/periferia, entre tantos otros constituyen binomios que pueden ser analizados desde muchos puntos de vista, pero en todos ellos los responsables del control de las nuevas tecnologías tienen algo que decir y reconocer. Las variables enumeradas inciden en la evolución de los procesos sociales, por ello es que entendemos que las nuevas tecnologías no pueden estudiarse aisladamente y valorarse in vitro. Debemos entenderlas como activadoras de procesos que afectan tanto la vida cotidiana de los sujetos, como los procesos macrosociales.
En El simio informatizado Roman Gubern asegura que a pesar de la existencia innegable de nuevas tecnologías, la vida cotidiana mantiene una estructura categorial que no es diferente a la de tiempos pasados. En este sentido la socialización de los sujetos sigue un orden tradicional delimitado por una edad de aprendizaje, otra edad productiva y una última de retiro. Al mismo tiempo, el ciclo diario de vida se divide en tiempo de trabajo, tiempo de ocio y tiempo de sueño. Estas son categorías que evidentemente no han cambiado a lo largo de la historia de la humanidad.
Sin embargo esto no significa que deban negarse las transformaciones a las que estamos sujetos debido a la articulación entre técnica y sociedad. Ya hablamos de los cambios de definición que estas categorías sufrieron debido a la revolución en las comunicaciones, aunque debiéramos considerar un aspecto nuevo que la tecnología introduce y que indudablemente modifica el ciclo de vida enunciado.
Nos estamos refiriendo al teletrabajo, entendido como un nuevo modelo de empleo que permite que los trabajadores no necesiten concurrir al lugar donde funciona la empresa, sino que vía electrónica, producen y cumplen con sus tareas específicas.
Lo significativo de este cambio es cuantitativo y cualitativo, puesto que al permitirle al trabajador tener la libertad -por cierto limitada- de elaborar su trabajo en tiempos determinados por el mismo, se ve afectada la tradicional división tiempo de trabajo/tiempo de ocio. Con el teletrabajo pueden modificarse las tradicionales ocho o nueve horas de trabajo durante cinco días de la semana. Del mismo modo el tiempo de ocio no se limita a sábados, domingos y feriados sino que puede repartirse de manera más informal en función de trabajo recibido, trabajo realizado.
Decimos que estamos en presencia de una forma de libertad limitada pues no cambia la relación de dependencia con el propietario de los medios de producción y porque no modifica sustancialmente sus ingresos (excepto por la disminución en viáticos, vestimenta, gastos de alimentación, etc).
Pero lo que en este tiempo debiéramos discutir es si estas nuevas formas -que deben incluir tanto las nuevas formas de trabajo como los tipos de energía descubiertos (nuclear, solar, eólica, etc)- no deben analizarse en función de lo que son como proyecto y en función de los resultados que su aplicación puede provocar.
Pensemos en Chernobyl o en la manipulación genética. Sin duda las ventajas de las tecnologías son indiscutibles pero ¿qué sucede cuando su aplicación produce catástrofes o son instrumento de intereses que responden exclusivamente al incremento de la tasa de ganancia y no a las consecuencias ecológicas y éticas que esas tecnologías pueden producir?.
Por lo tanto creemos que es necesario analizar no solo los efectos previstos y deseados sino también los efectos imprevistos.
A medida que la tecnología se vuelve más poderosa, aumenta su capacidad tanto para curar como para destruir. En un principio se creyó que la naturaleza era por sí misma tan robusta como para soportar cualquier tipo de manipulación que la humanidad hiciera sobre ella. La realidad es otra: el planeta no tiene ni la energía, ni los recursos para absorber la depredación que se hace sobre ella.
Para curar debemos crear y tomar la decisión de adoptar nuevas tecnologías, nuevos patrones sociales, nuevos tipos de bienes de consumo y nuevas maneras de generar, gastar y distribuir riqueza.
Del mismo modo debemos pensar que estas tecnologías son utilizadas de igual manera en sociedades dependientes económica y políticamente y en sociedades dominantes. La tecnología va a servir para potenciar y consolidar la brecha entre ambas sociedades siempre en desmedro de las primeras.
Es menester aclarar que no es el avance de la tecnología culpable de tal desigualdad, pero es indudable que la aplicación de la técnica estimula su perpetuación e incremento.
En otras palabras, la tecnología puede ser sumisa servidora del estado de bienestar aportando abundancia, creatividad y diversificación, pero también un eficaz instrumento para estados totalitarios. En este sentido, la computadora se convierte en una herramienta polémica pues permite extremar radicalmente el control centralizado y conducir usos totalitarios pero al mismo tiempo debe reconocerse que esa misma computadora permite descentralizar y autonomizar los procesos de toma de decisiones y de autogestión. En cualquiera de estos casos queda claro que la informatización de la sociedad no es, en sí misma, una solución mágica para resolver los problemas sociopolíticos del mundo actual.
¿Por qué afirmamos esto? Porque evidentemente ni la tecnología en general, ni la informática en particular han resuelto los desequilibrios entre el norte y el sur, puesto que estamos en presencia de una nueva era en la que el viejo colonialismo ha sido reemplazado por el neocolonialismo económico y la dependencia tecnológica.
En la actualidad, tres cuartas partes de la población mundial viven con un quinto de los ingresos mundiales. La pobreza de estas masas periféricas frente al confortable nivel de vida de la sociedad posindustrial debe entenderse como una advertencia acerca de los límites de la revolución tecnológica y de la dimensión política que esta adquiere.
Ante este panorama, el problema de la división internacional del trabajo y del consumo revelan los desequilibrios de una sociedad que a nivel mundial se presenta parcelada.
El modelo neoliberal adoptado por el mundo industrializado y el que no lo está, favoreció -a partir de los 80- a muchas empresas industriales occidentales que instalaron sus factorías en países periféricos para incrementar sus tasas de ganancia debido a los bajos niveles salariales, las políticas impositivas y el alto grado de corrupción de la sociedad política, en la que se incluyen las organizaciones sindicales. Así se produjo el auge de los países asiáticos y así se iniciaron los procesos económicos neoliberales en varios países de América Latina, incluyendo a la Argentina.
Pensando en este lugar del mundo, es que entendemos que las categorías laborales sieguen siendo las mismas. El teletrabajo es una realidad palpable en el mundo desarrollado, pero es difícil de implementarlo y aun de pensarlo sociológicamente, tanto en la Argentina como en el resto de América Latina, donde los niveles de desocupación y de exclusión son las variables reconocidas para desarrollar un modelo macroeconómico basado en la inequidad social.
El supuesto crecimiento económico que estas políticas denominadas neoliberales- propugnan no modifica la condición relegada en la que se encuentran los países pobres, sino que por el contrario la profundizan porque por un lado, el espacio político ya no coincide con el espacio económico, estamos presenciando el fin del nacionalismo económico. Y lo decimos en el siguiente sentido: el centro de coordinación y de decisión de una firma transnacional no tiene nacionalidad. Su casa matriz puede instalarse en cualquier parte del mundo con el único criterio de aumentar sus beneficios.
Por ello es que una transnacional negocia de igual a igual con un Estado, observándose una especie de extraterritorialidad que le quita al Estado Nación un atributo elemental de su soberanía: manejar impuestos y fijar tasas. Es la soberanía del capital que logra así emanciparse del poder político, imponiendo leyes y reglamentos que propagan el credo neoliberal, según el cual todos los problemas se resuelven si se deja jugar libremente al mercado. Este capital es independiente y se separa de toda sociedad, está situado en un no lugar donde limita y reglamenta el poder de la sociedad de disponer de su lugar. No tiene base social ni constitución política, es un aparato que enuncia el derecho del capital globalizado. Poder sin sociedad tiende a engendrar sociedad sin poder[10]
Esto es sin mas el liberalismo globalizado que sirve para legitimarlo todo: disminución de salarios reales, desmantelamiento de las protecciones sociales, explosión del desempleo, precariedad del empleo y deterioro de las condiciones de trabajo.
Intentamos decir entonces que el poder del capital financiero se autonomiza respecto de las sociedades y de los Estados, situación que no debe pensarse sólo desde lo económico sino desde lo político y lo ideológico. Puesto que si bien las modificaciones en las estructuras económicas son las más visibles, simultáneamente fallan las instituciones que permitían la cohesión social.
El mercado mundial impulsa el crecimiento global aumentando la riqueza pero distribuyendo desparejo. El crecimiento macroeconómico del siglo XXI parece depender de que existan sectores sociales que no puedan participar de él.
Internet no está aislada de este contexto, porque si bien puede ser entendida como un medio para construir lazos sociales igualitarios, su acceso está condicionado por variables económicas y culturales.
En una teleconferencia que dio Pierre Bourdieu desde París y que fue compartida simultáneamente por estudiantes universitarios chilenos, cordobeses y porteños en junio de este año, el sociólogo francés analizó la problemática de la distribución desigual de la cultura a nivel planetario, y la planteó como una nueva forma de racismo de la inteligencia, por el cual Internet forma parte del capital cultural universal, que en la actualidad, desde su perspectiva con la cual coincidimos- une y separa, domina y libera.
IV. Desidentificación de la identidad
Creemos que el neoliberalismo globalizado y sus efectos al interior de las sociedades subdesarrolladas más la redefinición del espacio a partir de su fragmentación en real y virtual se proyecta en la identidad de los sujetos.
Para Alejandro Piscitelli la computadora como expresión cosificada de la tecnología y como medio0 de comunicación potencia la descorporeización y resignifica las nociones de identidad y subjetividad.
Su posición es -desde nuestro punto de vista- un tanto extrema pero no por eso deshechable puesto que es cierto que la relación del sujeto con la computadora conectada a un sistema de red exige la redefinición de conceptos o al menos la ampliación de su universo.
En este sentido el espacio virtual al que accedemos por medio de la computadora anula la presencia física de los usuarios, lo cual no significa como insinúa Piscitelli que se produzca una especie de fusión entre el hombre y la máquina, justamente porque como afirma Heim la vida se sigue viviendo a través de los cuerpos.[11]
Cierto es que cuando leemos el correo electrónico, cuando compramos un libro por la Web, cuando nos comunicamos con amigos que viven a gran distancia real o incluso cuando nos vinculamos con personas a las que probablemente nunca podamos tocar con nuestras manos, estamos en un mundo virtual que en los últimos años se ha incorporado a nuestra vida cotidiana casi explosivamente, pero no por ello debemos suponer que cuando nos conectamos a la red dejamos de ser quienes somos y adoptamos una identidad distinta, como si el acto de conectarse simulara una acción mágica.
No se puede negar que en el imaginario de los sujetos siempre tuvo lugar destacado la fantasía de crear vida artificial o viajar en el tiempo. ¿Es exagerado decir que en parte esto lo logra la Internet?. Podemos ser un otro artificial a nosotros mismos o vivir en comunidades virtuales que reproducen formas de convivencia basadas en experiencias pasadas o proyectos futuros. De este modo el espacio que creamos puede entenderse como una expresión lúdica similar al teatro o la escritura de ficción.
Cuando se participa de un espacio virtual se construye un nuevo yo a través de la interacción social virtual. Ser lo que no se es o animarse a ser, escondidos tras una identidad voluntaria y reflexiva puede desde un punto de vista positivo- dar la posibilidad de que los sujetos exploren su propia personalidad en una constante construcción y reconstrucción de la identidad.
Se nos aparece así una cuestión casi antropológica o si se quiere psicológica: ¿cuál es la frontera entre el yo orgánico y el yo artificial?. Para empezar, nuestro yo orgánico tiene un cuerpo, un intelecto que es el que nos permite transformarnos en otro virtual, como si fuéramos un juguete trasformer. En este sentido el yo artificial depende del yo orgánico, pues dejamos de ser virtuales cuando nuestro yo orgánico lo decide.
En esta misma lógica es que podemos pensar, por ejemplo, los MUD, juego interactivo que se basa en crear personajes que se vinculan socialmente con otros, organizados en torno al concepto de espacio físico. La experiencia de entrar a un MUD y participar en él nos demuestra que los yo artificiales en realidad imitan a los yo orgánicos, la diferencia radica en que habitualmente el yo orgánico no coincide con el yo artificial. Pero en lo que al espacio virtual que ocupa el yo artificial no tiene por qué diferenciarse de otros espacios, si se quiere reales, donde los sujetos interactúan y se socializan a través de sus yoes orgánicos.
Supongamos que la dificultad radica en pensar el espacio virtual. Puesto que no nacimos con él, tuvimos que ir naturalizándolo no sin resistencia y prenociones que muchas veces ocultan el miedo a que este fetiche que es la PC tome vida propia, del mismo modo que Frankenstein se desvinculó de su creador hasta desear matarlo.
Darle status psicológico a la máquina es ubicarla en una categoría que no le corresponde. Reiteramos, debe entendérsela como mediadora de vínculos sociales.
Es cierto que existen situaciones extremas en las cuales los sujetos se mimentizan con los personajes que crean. Es en este punto donde volvemos a lo dicho en el principio de este escrito. En lugares irreales los sujetos pueden sentirse más seguros que en el espacio real. Las calles de una comunidad virtual se construyen según el deseo del yo artificial, el sexo virtual es más seguro que el sexo tradicional y en el caso de que la comunidad en la que interactuamos no funcione de la manera en que pretendemos y deseamos, siempre tenemos la posibilidad de hacer click y desconectarnos.
Se podrá decir que existen situaciones extremas en las cuales hay sujetos que luego de desconectados de la interface siguen viviendo en una realidad virtual. Pero esto no es más que una dependencia patológica, en la cual el yo artificial absorbe al yo orgánico, que pasa a adoptar todos los aspectos del personaje creado hasta aislarse de su entorno real. Este estado patológico tiene las características propias de cualquier adicción, entendida no como un vicio sino como una enfermedad, es progresiva y daña la psicología del sujeto. Pero si bien es cierto que estos casos existen, no pueden ser considerados relevantes para el análisis que se intenta hacer sobre los cambios en el concepto de identidad a partir de la incorporación de Internet en la vida cotidiana, aunque reconozcamos que es difícil no considerarlos debido a la gran trascendencia que tienen, sobre todo por la difusión masiva que de ellos hacen los medios de comunicación masiva.
Alcanza con recordar el caso del adolescente español que asesinó a toda su familia. Los medios periodísticos vincularon este hecho criminal con el uso probablemente adictivo que el adolescente hacía de los denominados juegos de rol, limitando su análisis a las consecuencias negativas que Internet provoca en los sujetos, sobre todo si están en un período de aprendizaje y socialización.
Creemos que en este análisis los medios se quedan a mitad de camino resaltando solo una cara de la moneda, la negativa. Por qué no pensar que a través de la adopción de una identidad voluntaria los sujetos tenemos la posibilidad de expresarnos de manera múltiple, fuera de los límites coactivos de la tradición y la costumbre. Por qué vincular esta posibilidad sólo con situaciones de violencia o de falta de moral.
La faz positiva que brinda la construcción de lazos sociales a través de la Internet puede ser un nuevo medio para proyectar ideas y para probar modelos.
Reflexión final
No se equivocará quien observe, luego de leer este escrito, que no se llega a conclusiones terminantes, sino que en el mejor de los casos- se presentan algunas reflexiones acerca de las posibles consecuencias en las que puede desembocar el desarrollo tecnológico y particularmente el informático, a partir de reformulaciones conceptuales.
Lo que queremos destacar es que, en estas páginas, siempre planteamos la posibilidad de dos caminos: el de la libertad y el de la dependencia. En este sentido y coincidiendo con nuestra posición con respecto a la tecnología, el trabajo elaborado no es neutral.
Mis impresiones pueden ser consideradas ingenuas o en exceso idealistas. Es probable que sea cierto, pero ante un medio tan nuevo y con tanta potencialidad como es la comunicación a través de tecnología informática, prefiero ser acusada de idealista o en el peor de los casos de irreal.
Lo que hay que intentar es darle una posibilidad al hombre. Por qué no seguir creyendo en la utopía y a través de ella imaginar que la tecnología puede ayudar a construir un mundo más justo. Solo falta intentarlo, porque el futuro no se espera, se construye.
Si nos convencemos de que el hombre no es tan tonto como para buscar su autodestrucción, estamos obligados a afirmar que, si bien de manera lenta pero continua, estamos tomando conciencia de que la tecnología está al servicio de la humanidad y no en contra de ella.
Falta que los dueños del poder de siempre se convenzan de lo mismo.
Bibliografía consultada
ANDERSON, Perry, Modernidad y revolución. Material de la cátedra.
BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Editorial Siglo XXI, 1999
CAFASSI, Emilio, Posneologismos: del posmodernismo a la neobarbarie. Material de la Cátedra.
CASTELLS, Manuel, La era de la Información, Editorial Alianza, Madrid, 1997
GIDDENS, Anthony, Consecuencias de la Modernidad, Editorial Alianza, Buenos Aires,1997
GORZ, André,
HEIM, Michel, La metafísica de la realidad virtual. Material de la Cátedra
MARTIN, James, La sociedad telemática, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1985
PISCITELLI, Alejandro, Ciberculturas. Editorial Paidós, Buenos Aires
POLANYI, Karl, La gran transformación, Fondo de Cultura Económica, México, 1992
TURKLE, Sherry, La vida en la pantalla, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1995
Notas
[1] Héctor Schmucler, Memoria de la comunicación, extracto del material de la cátedra.
[2] Karl Marx citado por Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, pag. 7.
[3] Anthony Giddens, Consecuencias de la Modernidad, pag.29
[4] Extractos recogidos de la conferencia que Hobsbawm ofreció en la Cancillería chilena en 1999.
[5] Mashall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire, pagina 27
[6] Understanding media, de McLuhan citado por Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, pág.13.
[7] Manuel Castells. El surgimiento de la sociedad de redes. Capítulo 6 El espacio de los flujos. Pág. 1. Material de la Cátedra.
[8] Michel Foucault. Microfísica del poder. Punto 8. Curso del 7 de enero de 1976. Pág.1 (curso pronunciado por el autor en el College de France. Traducidos directamente de la grabación de cinta magnetofónica).
[9] Ibidem, pág 12.
[10] André Gorz: Del Estado social al Estado de capital, material de Análisis de la Sociedad Argentina, cátedra Sidicaro.
[11] Michel Heim. La metafísica de la realidad virtual. Capítulo 4. Procesamiento del pensamiento. Material de la Cátedra.